1926
Oleo sobre lienzo,
92 x 73 cm
Filadelfia, Philadelphia Museum of Art, Arensberg Collection

Desnudo – Joan Miró, 1926, Surrealismo

Este Desnudo de Miró tiene mucho en común con los cuadros llamados oníricos que el artista realizó entre 1926 y 1928, un conjunto de obras en las que la figuración tradicional empieza a disolverse en signos y formas cada vez más esquemáticas. Aunque hay atributos del cuerpo femenino muy precisos e identificables, en la visión general de la obra no resultan perceptibles de forma inmediata para el espectador poco atento.

Es como si el cuadro fuese visible en dos planos paralelos y distintos que, sin embargo, se presentan aquí en una perfecta unidad de elementos gráficos y pictóricos. Hay un plano en el que observamos el pez que compone el costado, la pera y la naranja que sustituyen a los senos, la hoja que representa el sexo femenino, la cabellera ondulante al viento y el movimiento sinuoso del costado, que confiere feminidad a toda la representación pese a su carácter abstracto.

El artista cultiva con asiduidad estos temas que unen lo humano y lo animal, lo vegetal y lo fantástico, en buena medida a causa del estrecho vínculo que existía en este momento entre Miró y la poesía surrealista de sus amigos parisinos. En este periodo, el propio Miró llegaría a hablar de su asesinato del cubismo, movimiento que a su juicio concebía únicamente una unidad visual de tipo espacial y no una unidad mental y espiritual más profunda.

En el caso de Miró, el inconsciente no se manifiesta solo visualmente, sino también a nivel sensorial y corpóreo, en un conjunto que por ello parece en ocasiones que se puede tocar con las manos. Observar detalladamente la realidad y obtener de ella inspiración para un nuevo cuadro no son, para Miró, operaciones tan alejadas la una de la otra como podría pensarse a primera vista.

En Miró, la realidad nunca está separada de su obra, del mismo modo que las emociones que la habitan nacen de su propia interioridad y nunca están del todo desligadas de lo que en la realidad exterior las ha provocado, ya sea un paisaje del Mediterráneo, un recuerdo de infancia o una simple asociación de palabras surgida al azar durante una conversación con sus amigos poetas.

Conservado en el Philadelphia Museum of Art, dentro de la célebre colección Arensberg, este desnudo pertenece a un momento decisivo de la trayectoria de Miró, el instante en que la figura humana empieza a transformarse definitivamente en un repertorio de signos personales que el artista no dejaría de enriquecer durante el resto de su vida.

Este llamado periodo onírico de Miró, situado entre 1925 y 1928, coincide con la publicación del segundo Manifiesto surrealista de André Breton y con la consolidación definitiva del movimiento como fuerza dominante de la vanguardia parisina, un contexto en el que el pintor catalán, aunque nunca firmó formalmente su adhesión al grupo, participó activamente en exposiciones colectivas y mantuvo una relación de mutuo respeto intelectual con Breton y los demás teóricos del surrealismo. La técnica de estas pinturas oníricas, basada en fondos deliberadamente poco elaborados sobre los que flotan formas y signos aparentemente desconectados entre sí, buscaba precisamente traducir en imagen pictórica los mecanismos de asociación libre que la escritura automática surrealista exploraba en el terreno literario, una traducción que Miró logró con una coherencia formal que pocos pintores del círculo surrealista alcanzarían con igual naturalidad.

La colección Arensberg, formada por Walter y Louise Arensberg en Nueva York desde comienzos de siglo, fue una de las primeras en Estados Unidos en apostar decididamente por el arte europeo de vanguardia, reuniendo obras de Duchamp, Picasso y Brancusi junto a estas tempranas piezas de Miró, mucho antes de que el mercado americano reconociera plenamente su valor.