1927
Oleo sobre lienzo,
130 x 97 cm
Nueva York, Revlon Collection

Fondo azul – Joan Miró, 1927, Surrealismo

Ante un fondo de un nuevo e intensísimo azul ultramar, Miró da el salto en el vacío ya iniciado con sus primeras obras surrealistas. El color domina la escena; ante él se recortan formas y flotan líneas sutilmente trazadas y partidas en pequeños fragmentos. Es el fondo el que da el título al cuadro, en el que podemos dibujar lo que queramos, como en una pizarra de la imaginación.

El azul protagonista desborda los límites del marco y se reviste de todos los significados simbólicos que desde siempre lo acompañan. Es el color del sueño, de la espiritualidad, de la inmensidad que vemos cuando miramos al cielo, donde las figuras adquieren mucha mayor relevancia precisamente porque surgen de un fondo uniforme e ilimitado; su poder expresivo cobra energía y vida del contraste con el azul.

Ese mismo año, Miró realiza diversos cuadros titulados Fondo azul, una especie de pequeña serie en la cual no se puede dejar de advertir la sugestión de las máquinas voladoras y los tiovivos fantásticos de Alexander Calder. En 1926, el escultor estadounidense había expuesto sus primeras esculturas de hilo de hierro en París, y fue justo ese año cuando ambos artistas se conocieron. Si en Calder vemos juegos animados en la tridimensionalidad de la escultura, aquí tenemos un efecto de relieve que hace resaltar las formas. Tenemos el movimiento en la inmovilidad, lo infinito en lo finito, por decirlo con las palabras del propio Miró.

Este año de 1927 resulta decisivo en la trayectoria de Miró, quien trasladó por entonces su estudio a la Rue Tourlaque de París, muy cerca del taller de Max Ernst y de buena parte del núcleo duro del grupo surrealista parisino. Esta serie de fondos azules marca además una transición clara respecto a las minuciosas pinturas oníricas de 1925 y 1926, hacia un vocabulario de signos mucho más radicalmente simplificado que Miró desarrollaría a lo largo de los años siguientes. La amistad entre Miró y Calder, nacida precisamente en este momento, se prolongaría durante décadas, y esta obra concreta terminaría formando parte de la notable colección privada reunida por el empresario cosmético Charles Revson, testimonio de cómo ciertos grandes coleccionistas empresariales estadounidenses de mediados de siglo se convirtieron en importantes valedores del arte moderno europeo.

Este año de 1927 resulta decisivo en la trayectoria de Miró, quien trasladó por entonces su estudio a la Rue Tourlaque de París, muy cerca del taller de Max Ernst y de buena parte del núcleo duro del grupo surrealista parisino de aquellos años. Esta serie de fondos azules marca además una transición clara respecto a las minuciosas pinturas oníricas de 1925 y 1926, hacia un vocabulario de signos mucho más radicalmente simplificado que Miró desarrollaría a lo largo de los años siguientes de su carrera. La amistad entre Miró y Calder, nacida precisamente en este momento de coincidencia parisina, se prolongaría durante décadas, y esta obra concreta terminaría formando parte de la notable colección privada reunida por el empresario cosmético Charles Revson, testimonio de cómo ciertos grandes coleccionistas empresariales estadounidenses de mediados de siglo se convirtieron en importantes valedores del arte moderno europeo de vanguardia. Esta breve serie de fondos azules, aunque poco numerosa dentro del conjunto total de la obra mironiana, resultaría enormemente influyente para generaciones posteriores de pintores abstractos que verían en ella un precedente temprano del color como protagonista absoluto de la composición pictórica. Los especialistas suelen citar esta breve serie como uno de los puentes formales más claros entre el Miró todavía figurativo de mediados de los años veinte y el lenguaje plenamente abstracto que dominaría buena parte de su producción posterior.