El Greco - Retrato de Antonio de Covarrubias
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- El Greco obras de arte
Año Hacia 1600
Óleo sobre lienzo, 67,5 x 57,5 cm París, Musée du Louvre
Movimiento artístico: Manierismo

Antonio de Covarrubias y Leiva, nacido en 1524 y muerto en 1602, no fue un comitente cualquiera para El Greco, fue uno de sus amigos más cercanos y su verdadero valedor en Toledo tras la muerte, en 1584, de Diego de Castilla, el canónigo que había facilitado los primeros grandes encargos toledanos del pintor. Fue precisamente Covarrubias quien introdujo a El Greco en los círculos eclesiásticos e intelectuales de la ciudad, abriéndole las puertas de una red de contactos que resultaría decisiva para el resto de su carrera española.
El propio pintor dejó constancia escrita de su admiración hacia este amigo en una de sus anotaciones al tratado de Vitruvio, donde lo describe con palabras de una calidez poco habitual en sus comentarios críticos, «aquel Antonio de Covarrubias, se diría un milagro de la naturaleza, en el cual se albergan no solo elocuencia y elegancia ciceroniana y un perfecto conocimiento de la lengua griega, sino también una bondad y una paciencia infinitas, y esto lo hace resplandecer de tal modo que turba la vista y me impide proseguir». Pocas veces El Greco se permitió un elogio tan personal y tan cargado de afecto hacia alguien de su entorno inmediato.
Hijo del célebre arquitecto Alonso de Covarrubias, Antonio fue una de las mentes más brillantes de su tiempo, fino helenista, arqueólogo y jurisconsulto de prestigio, que llegó a ocupar la cátedra de Derecho Civil en Salamanca, además de ejercer como procurador del Consejo de Castilla, oidor de las cancillerías de Granada y Valladolid, y canónigo y maestro de Teología en la catedral de Toledo desde 1581. En 1563 había asistido, junto a su hermano Diego, a la sesión de clausura del Concilio de Trento, participando así en uno de los acontecimientos eclesiásticos más determinantes de todo el siglo XVI europeo.
¿Qué detalle biográfico logra captar El Greco en este retrato de extrema sencillez compositiva pero enorme fuerza expresiva? Covarrubias padecía una sordera progresiva, un defecto mencionado por quienes lo conocían y admiraban, y el pintor parece reflejar precisamente ese aislamiento sensorial en la manera en que el personaje entrecierra los ojos, como replegado hacia un espacio interior propio. La ligera asimetría de la boca, las mejillas hundidas y la mirada perdida en un punto indefinido revelan una melancolía profunda, mientras que la severidad tanto del rostro como del traje subraya la dignidad intelectual del personaje sin necesidad de ningún atributo decorativo adicional.
Es muy probable que ambos hombres conversaran a menudo en griego, la lengua materna de El Greco y una de las especialidades académicas de Covarrubias, un vínculo lingüístico poco común entre un pintor extranjero y sus comitentes españoles que refuerza la excepcionalidad de esta amistad. De la propia biblioteca de Covarrubias procede, de hecho, uno de los libros conservados del pintor, un ejemplar de la edición griega de las obras de Jenofonte impresa en Florencia en 1516, testimonio material de una relación intelectual que trascendía ampliamente el vínculo puramente comercial entre artista y comitente.
Existe además otro retrato de Antonio de Covarrubias, hoy conservado en el Museo del Greco de Toledo, junto a una efigie de su hermano Diego pintada también por El Greco. Aquella versión toledana se considera generalmente una copia posterior de esta pintura parisina, ejecutada algunos años después e incluso tras la muerte del propio retratado, y perteneció en su día a Pedro Salazar de Mendoza, el mismo amigo del pintor vinculado también a la Vista de Toledo. Esta obra del Louvre llegó a las colecciones del museo parisino en 1941, a través de un intercambio con museos españoles, un episodio de la historia de las colecciones de arte que recuerda cómo el propio patrimonio artístico circulaba, incluso en el siglo XX, mediante acuerdos institucionales entre distintos países.
Más allá de su indudable calidad pictórica, este retrato constituye un documento excepcional sobre el círculo intelectual toledano que rodeó a El Greco durante las últimas décadas de su vida, un ambiente de humanistas, juristas y eclesiásticos cultivados que le proporcionó no solo encargos regulares sino también una comunidad de afinidades personales e intelectuales de la que este retrato, con su extraordinaria carga afectiva, sigue dando testimonio más de cuatro siglos después.