El Greco - Un cardenal (supuesto Niño de Guevara)
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- El Greco obras de arte
Año 1600-1601
Óleo sobre lienzo, 170,8 x 108 cm Nueva York, The Metropolitan Museum of Art, Havemeyer Collection
Movimiento artístico: Manierismo

Este retrato figura, con razón, entre los más bellos de toda la pintura española, no solo por la calidad soberbia con que El Greco resuelve la vestidura de raso carmín, tratada mediante grumos y pinceladas de color puro que conservan toda su frescura pictórica, sino sobre todo por la capacidad del pintor para capturar la psicología y el carácter del personaje retratado. Se trata, con toda probabilidad, de Fernando Niño de Guevara, nacido en 1541, exactamente coetáneo de El Greco, cardenal desde 1596 e inquisidor general de España desde 1599, cargo que ejercería hasta 1602, cuando pasó a ocupar la sede arzobispal de Sevilla, ciudad en la que permaneció hasta su muerte en 1609, año en que sus restos regresaron finalmente a Toledo.
¿Qué transmite exactamente la mirada de este hombre poderoso? En sus ojos oscuros y recelosos, acentuados por unas gafas que añaden un matiz de intensa modernidad a la composición, se percibe una mezcla inquietante de fanatismo e intriga, agudizada por la fría inmovilidad de la pose y por las manos, adornadas con anillos, dejadas caer con un abandono de aristocrática indiferencia sobre los brazos del sillón. El interior que enmarca la figura, con su pavimento de mármol ajedrezado, la puerta al fondo y la elegante tapicería roja, ofrece además un testimonio valiosísimo sobre los espacios domésticos de la alta jerarquía eclesiástica española de la época.
Para esta composición, El Greco, ya con sesenta años cumplidos, pudo tener presente el célebre retrato que Tiziano había pintado del papa Paulo III junto a sus sobrinos Alejandro y Octavio Farnesio, hoy en el Museo de Capodimonte de Nápoles, del que parece heredar esa misma actitud recelosa del personaje principal, aunque resuelta aquí con una iconografía y un estilo completamente distintos. El pintor cretense había tenido ocasión de familiarizarse con ese tipo de retrato psicológicamente cargado durante su etapa veneciana y romana, cuando llegó a residir en el propio Palacio Farnese, sede de la familia papal.
La historia posterior de este lienzo resulta casi tan fascinante como la propia obra. Se ha descartado que el cuadro procediera originalmente de la iglesia toledana de San Pablo, donde el cardenal fue sepultado y donde se localizó una copia en la primera mitad del siglo XX, ya que las descripciones decimonónicas del templo no mencionan la existencia de esta pintura. Resulta mucho más probable que perteneciera a la colección de Pedro Laso de la Vega, conde de Arcos, cuyo inventario de 1632 cita expresamente, entre varias obras de El Greco, un retrato de «Fernando Niño, arzobispo de Sevilla, inquisidor general».
Tras pasar por diversas colecciones españolas, el cuadro llegó a la galería parisina de Durand-Ruel, donde se documenta en 1904. Fue precisamente la pintora impresionista Mary Cassatt quien recomendó a los coleccionistas Louisine y Henry Havemeyer la adquisición de este retrato tan sobrecogedor, y Havemeyer tardaría todavía cuatro años más en lograr sacar la obra de España, donde había permanecido en la misma familia desde su ejecución casi trescientos años antes. Existe además una copia parcial, considerada por algunos especialistas un simple estudio preparatorio, conservada en la colección Reinhardt de Winterthur, Suiza.
El uso de las gafas resulta, en sí mismo, un elemento notable dentro de la historia del retrato pictórico occidental. En una época en la que este tipo de complemento óptico todavía no era un accesorio habitual en la pintura de gran formato, El Greco lo convierte aquí en un rasgo distintivo que, lejos de restar dignidad al personaje, intensifica su presencia intelectual y su aura de autoridad inquisitorial, un pequeño objeto cotidiano transformado en símbolo de vigilancia y de poder de escrutinio sobre los demás.
Que una coleccionista y pintora como Mary Cassatt, formada en el círculo impresionista francés y sensible por tanto a un lenguaje pictórico radicalmente distinto del manierismo español, reconociera de inmediato el genio de esta obra dice mucho sobre la capacidad de El Greco para trascender las categorías estilísticas de su propia época. Casi trescientos años después de haber sido pintado, este retrato seguía teniendo la fuerza suficiente para deslumbrar a ojos formados en una sensibilidad artística completamente distinta, confirmando la extraordinaria modernidad que tantos observadores han reconocido en la obra tardía de El Greco.