El Greco - El entierro del conde de Orgaz
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- El Greco obras de arte
Año 1586-1588
Óleo sobre lienzo, 480 x 360 cm Toledo, Santo Tomé
Movimiento artístico: Manierismo

Si existe una única obra capaz de resumir todo el genio de El Greco ante quien nunca ha visto un cuadro suyo, es sin duda esta, todavía hoy en su emplazamiento original de la parroquia toledana de Santo Tomé, la propia iglesia a la que el pintor pertenecía como feligrés. El encargo procedió de Andrés Núñez, párroco del templo, y la ejecución se extendió entre 1586 y 1588, dando lugar a una de las composiciones más célebres y reproducidas de toda la historia del arte español.
El tema representa un milagro local que la tradición situaba en plena Edad Media, la sepultura, en la propia iglesia de Santo Tomé, de Gonzalo Ruiz de Toledo, señor y gran benefactor de la villa de Orgaz, fallecido en 1323 y recordado por haber costeado personalmente la ampliación y reconstrucción del templo. Según la leyenda, en el momento de su entierro, san Esteban y san Agustín descendieron milagrosamente del cielo para depositar ellos mismos el cuerpo del noble en su tumba, un reconocimiento sobrenatural a las buenas obras que había realizado en vida. Para conmemorar aquel prodigio, el párroco había hecho construir a comienzos de la década de 1560 una capilla sobre la propia tumba del señor de Orgaz, y años después decidió solemnizar definitivamente el carácter funerario del espacio con un gran lienzo que narrara el episodio milagroso.
El 18 de marzo de 1586, Andrés Núñez y El Greco firmaron un documento que especificaba con notable precisión la iconografía exigida, la colocación del cuerpo del señor en su tumba, la presencia de numerosos testigos observando el prodigio, y en la parte superior, un cielo abierto de gloria. ¿Se limitó El Greco a seguir mecánicamente estas instrucciones? En absoluto. Sobre ese esquema básico, el pintor desarrolló con completa libertad la mitad superior del lienzo, añadiendo elementos no contemplados en el contrato original, como la escena del Juicio y la recepción del alma del conde en el cielo, mientras que en el registro inferior sí respetó fielmente las indicaciones del comitente, aunque trasladando la escena funeraria a la actualidad del siglo XVI, con toda la pompa de cirios, cruces procesionales, órdenes religiosas y notables toledanos contemporáneos.
Entre los numerosos asistentes al funeral, cuidadosamente individualizados, destaca el propio Jorge Manuel, hijo del pintor, representado con apenas ocho o nueve años de edad; la fecha 1578, visible junto a la firma en griego de El Greco en el pañuelo que asoma del bolsillo del niño, corresponde con toda probabilidad al año de su nacimiento. Un monje agustino tiende la mano hacia el franciscano situado a su lado, en un gesto que parece recordarle las buenas obras del difunto conde, mientras que entre la nutrida galería de aristócratas retratados a la moda de la época, detrás de la figura de san Esteban, aparece el propio El Greco, en un autorretrato apenas disimulado, y detrás del clérigo, un hombre de barba blanca identificado con Antonio de Covarrubias, destacado humanista toledano y amigo cercano del pintor.
El éxito de la obra entre los contemporáneos fue inmediato y extraordinario, como recordaría en 1612 el fraile Francisco de Pisa, apenas un cuarto de siglo después de su conclusión, un testimonio temprano de una fama que, lejos de apagarse con el paso de los siglos, ha convertido a este lienzo en la imagen más universalmente reconocida de todo el arte de El Greco.
La línea horizontal que separa ambos registros, el terrenal y el celestial, funciona como el verdadero eje conceptual de toda la composición. Abajo, el realismo casi fotográfico de los retratos individuales, cada rostro resuelto con una precisión psicológica que documenta con fidelidad la sociedad toledana de finales del siglo XVI, contrasta radicalmente con la disolución de las formas en la mitad superior, donde las figuras se alargan y se funden en un torbellino de nubes, ángeles y santos que anticipa ya el lenguaje visionario que definiría la producción final del pintor. Esa yuxtaposición entre lo tangible y lo trascendente, resuelta sin ninguna transición gradual, es precisamente lo que convierte a esta obra en algo mucho más ambicioso que un simple retrato funerario colectivo.
Visitar hoy la iglesia de Santo Tomé para contemplar el cuadro en su emplazamiento original, la misma capilla para la que fue concebido hace más de cuatro siglos, sigue siendo una experiencia radicalmente distinta de verlo reproducido en cualquier libro o pantalla, la escala monumental del lienzo, la penumbra del espacio religioso y la persistencia de su función devocional original devuelven al espectador algo de la conmoción que debieron de sentir los primeros toledanos que lo contemplaron recién terminado.