El Greco - Retrato de un médico (El doctor Rodrigo de la Fuente)
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- El Greco obras de arte
Año 1585-1588
Óleo sobre lienzo, 93 x 82 cm Madrid, Museo Nacional del Prado
Movimiento artístico: Manierismo

Un anciano distinguido, vestido de riguroso negro con puños y gorguera blancos, apoya la mano sobre lo que parece un tratado de medicina, mientras su mirada serena y ligeramente distante sostiene la atención del espectador. Un detalle discreto pero decisivo permite identificar su profesión, una sortija con una piedra de gran tamaño colocada en el pulgar de la mano izquierda, un accesorio que los médicos de la época utilizaban para tomar el pulso de sus pacientes y, según se creía, anunciar con precisión la proximidad de su muerte.
La identificación concreta de este personaje con el doctor Rodrigo de la Fuente se propuso a comienzos del siglo XIX, basándose en el parecido físico con otro retrato de la Biblioteca Nacional de Madrid que llevaba inscrito el nombre «El Doctor de la Fuente». Esta hipótesis, discutida durante generaciones, se ha visto reforzada por hallazgos documentales posteriores, entre ellos el hecho de que el propio De la Fuente fuera amigo personal de El Greco, citado por el pintor en sus anotaciones a los libros de Vitruvio, donde elogia la destreza del arquitecto Alonso de Covarrubias recordando precisamente los juicios positivos que el médico había expresado sobre él. Algunos especialistas, sin embargo, han propuesto identificaciones alternativas, entre ellas la de Luis Mercado, médico personal de Felipe II, lo que demuestra que la certeza absoluta sobre la identidad del retratado sigue siendo, en última instancia, esquiva.
Un dato adicional refuerza la conexión con la familia De la Fuente, uno de los hijos del médico, Gaspar de la Fuente, llegó a ser superintendente del Alcázar de Madrid, precisamente el edificio donde el cuadro se documenta ya en 1686. Desde allí, la obra pasó en 1734 al Palacio del Buen Retiro tras el incendio que devastó el Alcázar, y finalmente, en 1819, ingresó en las colecciones del recién fundado Museo del Prado. Resulta revelador que en 1833, cuando la fama de El Greco atravesaba uno de sus momentos más bajos, este retrato fuera el único cuadro del pintor expuesto públicamente en las salas del museo, mientras que el resto de su producción permanecía relegada a los depósitos, ajena al interés del público y de la crítica de la época.
Al igual que en el célebre retrato del miniaturista Giulio Clovio pintado durante su etapa romana, El Greco acompaña aquí a su modelo de un libro que subraya visualmente su profesión, un recurso compositivo que el pintor reutilizaría en varios de sus retratos masculinos posteriores. La actitud general de la figura tiene raíces claramente venecianas, perceptibles también en otras obras de la etapa española, como el San Pablo de una colección particular madrileña, pintado en la primera mitad de la década de 1580, aunque resuelto allí en posición invertida respecto a este retrato.
La factura pictórica más fluida y suelta, junto con la luz fría que baña el rostro sobrio y casi ascético del médico, sitúan sin embargo esta obra en la misma época que El entierro del conde de Orgaz, en la segunda mitad de esa misma década, un periodo de plena madurez artística en el que las semejanzas tipológicas entre este retrato y los numerosos personajes que pueblan aquella gran composición funeraria resultan particularmente estrechas y reveladoras del repertorio de rostros que el taller de El Greco manejaba de manera recurrente.
Este retrato pertenece a un género en el que El Greco destacó de manera especial, el de la caracterización psicológica de hombres de letras y de ciencia, humanistas, médicos y clérigos toledanos cuyo rostro reflejaba, en la concepción del pintor, tanto su dignidad intelectual como una intensidad espiritual muy propia del ambiente cultural de la Toledo de finales del siglo XVI. Frente a la ostentación cortesana de otros retratistas de la época, El Greco prefería una sobriedad casi monástica en el vestuario y en el fondo, concentrando toda la fuerza expresiva de la obra en el rostro y en la mirada del retratado.
El itinerario museístico de esta pintura, desde el Alcázar real hasta convertirse en el único testimonio visible de la obra de El Greco en el Prado decimonónico, ilustra de manera elocuente el largo eclipse crítico que sufrió el pintor tras su muerte, un olvido que solo empezaría a revertirse plenamente a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando historiadores y artistas modernos redescubrieron en su lenguaje pictórico una modernidad que sus contemporáneos del siglo XVII apenas habían sabido apreciar.