El Greco - El martirio de san Mauricio
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Año 1580-1582
Óleo sobre lienzo, 448 x 301 cm El Escorial (Madrid), Monasterio de San Lorenzo
Movimiento artístico: Manierismo

Pocas obras de El Greco tuvieron un destino tan amargo como este lienzo monumental, de cuatro metros y medio de alto, encargado directamente por Felipe II en 1580. El propio rey, el 25 de abril de aquel año, ordenó al prior de El Escorial que adelantara al pintor una cantidad de dinero destinada específicamente a la compra de pigmentos, sobre todo el costoso azul ultramar, para que la ejecución de la obra, ya iniciada, pudiera avanzar sin demoras. El 16 de noviembre de 1582, dos años después, la obra estaba terminada y firmada, tras haberse abonado ochocientos ducados en varios plazos que se prolongaron hasta 1583.
La escena representa el martirio de san Mauricio, cuyas reliquias se conservaban precisamente en El Escorial, un tema muy del gusto contrarreformista que El Greco desarrolló inspirándose en la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine. Según la leyenda, el emperador Diocleciano ordenó dar muerte en Agaune a Mauricio y a toda su legión de soldados romanos por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. La composición despliega varios momentos sucesivos del episodio dentro de un mismo lienzo, a la derecha, la aceptación resuelta del martirio por parte del santo y sus seguidores; abajo a la izquierda, la decapitación efectiva de los mártires, con figuras espectrales al fondo, una de ellas atravesada por un rayo de luz que parece elevarla hacia el cielo; y arriba, finalmente, la glorificación celestial entre nubes luminosas y ángeles que portan las palmas y coronas del martirio.
Detrás del grupo de la derecha, El Greco incluyó dos retratos reconocibles, el suyo propio y el del rey Felipe II ataviado con armadura, un gesto que en principio debería haber halagado al monarca comitente. Sin embargo, precisamente esa disposición compositiva resultó ser el motivo del rechazo real. Felipe II se mostró disgustado porque el pintor había relegado el momento del martirio propiamente dicho a un segundo plano, situando en cambio en primer término la escena de Mauricio convenciendo a sus compañeros de mantenerse fieles a Cristo, una decisión que el rey consideró incapaz de inspirar la devoción que un encargo de este tipo exigía.
¿Qué consecuencias tuvo este rechazo para la carrera de El Greco? El monarca sustituyó la obra por otra versión del mismo tema, encargada expresamente al pintor italiano Rómulo Cincinato, que en su composición trasladó el martirio al primer plano y eliminó por completo los retratos de personajes contemporáneos que tanto habían incomodado a Felipe II. El Greco no volvería a recibir ningún otro encargo real, un fracaso cortesano que, paradójicamente, terminaría beneficiando su carrera, al orientarlo definitivamente hacia el mercado eclesiástico y privado de Toledo, donde su estilo tan personal encontraría un terreno mucho más receptivo que el rigor devocional exigido por la corte de Felipe II.
De esta obra se conocen al menos dos copias posteriores, una de notable calidad realizada por Jorge Manuel, el propio hijo del pintor, conservada hoy en una colección parisina, y otra de calidad considerablemente inferior, en la Pinacoteca Nacional de Bucarest, testimonios ambas del interés que la composición siguió despertando pese al rechazo original de su primer comitente.
Vista con la perspectiva de los siglos, la decisión de Felipe II resulta reveladora del choque entre dos sensibilidades religiosas y estéticas difícilmente conciliables. El rey, profundamente identificado con los principios devocionales tridentinos que exigían claridad narrativa inmediata y un efecto emocional directo sobre el espectador, no podía aceptar una composición que subordinaba el momento culminante del sacrificio a una escena de deliberación moral previa, por muy sofisticada que resultara esa elección desde un punto de vista puramente artístico. El Greco, por su parte, apostaba por una lectura más introspectiva del martirio, centrada en la decisión interior de los mártires antes que en el espectáculo físico de su muerte.
Ese desencuentro entre el pintor y su comitente más poderoso marca un punto de inflexión decisivo en la biografía de El Greco. A partir de este episodio, el artista abandonó definitivamente cualquier aspiración a convertirse en pintor de la corte real, concentrando toda su energía creativa en el mercado toledano, donde canónigos, órdenes religiosas y particulares devotos le ofrecerían durante el resto de su vida la libertad artística que Felipe II le había negado.