El Greco - San Francisco recibiendo los estigmas
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- El Greco obras de arte
Año Hacia 1580
Óleo sobre lienzo, 108 x 83 cm Madrid, colección Juan Abelló
Movimiento artístico: Manierismo

De pie ante unas rocas desnudas sobre las que destaca una calavera, símbolo elocuente de la fugacidad de la vida y de la cercanía constante de la muerte, san Francisco vuelve la mirada hacia una fuente de luz que rasga un cielo oscuro y violáceo. Es una de las imágenes más imponentes de toda la extensa serie que El Greco dedicó al santo de Asís, un tema que encontró en la Toledo de finales del siglo XVI un mercado devocional prácticamente inagotable, gracias a la enorme presencia de conventos franciscanos repartidos por toda la ciudad.
Francisco Pacheco, pintor y tratadista sevillano que llegaría después a ser suegro de Velázquez, dejó constancia escrita de su enorme admiración por la manera en que El Greco resolvía este tipo de imágenes de santos, y contó incluso una anécdota reveladora sobre los hábitos de trabajo del pintor cretense, que conservaba en su propia casa toledana una sala entera repleta de pequeñas réplicas al óleo de todos los cuadros que había pintado a lo largo de su vida, un auténtico archivo visual personal que le permitía repetir y variar sus composiciones más exitosas cuando la demanda lo requería. Precisamente por esa demanda constante, del taller de El Greco salió aproximadamente un centenar de imágenes de san Francisco, de las cuales los especialistas reconocen hoy unas veinticinco como autógrafas del propio maestro, mientras que el resto corresponde a obras de colaboración con ayudantes del taller o a copias posteriores.
¿Qué distingue a esta versión concreta dentro de un corpus tan extenso? Fechable hacia 1580 y firmada por el propio artista, se considera el prototipo de toda la serie que desarrollaría en su primera madurez toledana. San Francisco aparece representado de tres cuartos, con la mirada elevada hacia un querubín en forma de cruz del que brotan cinco rayos que alcanzan las manos del santo, imprimiéndole los estigmas de la Pasión. El rostro, que se repetirá con variantes a lo largo de toda la serie posterior, responde a una tipología muy reconocible, un hombre enjuto, de nariz marcada, pómulos salientes y labios carnosos, un tipo físico que El Greco reutilizó sistemáticamente para sus representaciones del santo.
Totalmente concentrado en el acontecimiento místico que experimenta, este san Francisco de rasgos profundamente humanos suscitaba sin duda una emoción intensa entre los fieles, invitando a la oración personal en perfecta sintonía con el clima espiritual denso y exigente de la Contrarreforma española. Estilísticamente próximo a este cuadro se encuentra el también célebre San Francisco en éxtasis del Museo Lázaro Galdiano de Madrid, que capta al santo en un momento posterior del mismo episodio místico, ya estigmatizado, en actitud estática y con las manos cruzadas sobre el pecho, en un formato de dimensiones ligeramente menores.
Estas imágenes, concebidas para la devoción privada más que para el gran retablo público, comparten un tratamiento de extrema sencillez compositiva, pocos detalles accesorios y variaciones sutiles en la actitud de los ojos o de las manos que bastaban para diferenciar cada versión sin alterar la fórmula fundamental. Ese equilibrio entre repetición formal y variación mínima explica en gran medida el extraordinario éxito comercial que esta iconografía alcanzó en la Toledo de la época, convirtiendo a san Francisco en uno de los temas más rentables y solicitados de todo el taller de El Greco.
Resulta interesante preguntarse por qué precisamente san Francisco, entre todo el santoral católico, alcanzó semejante popularidad en la Toledo contrarreformista. La respuesta tiene que ver con el propio carácter del santo de Asís, un modelo de pobreza voluntaria, humildad radical y experiencia mística directa que encajaba a la perfección con el espíritu de renovación espiritual promovido por la Iglesia postridentina, deseosa de ofrecer a los fieles ejemplos de santidad accesibles e imitables, alejados de la grandiosidad más distante de otras figuras del santoral.
El propio tratamiento pictórico que El Greco reserva a estas imágenes de Francisco, despojado de todo artificio decorativo superfluo, concentrado exclusivamente en la experiencia interior del santo, resulta coherente con ese mismo ideal de sencillez espiritual, una austeridad formal que refleja, en el propio lenguaje de la pintura, la pobreza voluntaria que Francisco había predicado con su vida.