Año Hacia 1590
Óleo sobre lienzo, 102 x 131 cm Londres, National Gallery
Movimiento artístico: Manierismo

La Oración del huerto – El Greco, hacia 1590, Manierismo

El episodio de la oración de Cristo en el huerto de Getsemaní, momentos antes de su prendimiento, era uno de los temas favoritos de la iconografía contrarreformista, pero pocos pintores lo abordaron con la libertad casi metafísica con que lo trató El Greco, que llegó a experimentar tanto con formatos horizontales como verticales para la misma escena. Entre las primeras versiones apaisadas figuran esta de la National Gallery de Londres y otra prácticamente gemela conservada en el Toledo Museum of Art, en Ohio, ambas fechables hacia 1590, muy similares en su planteamiento iconográfico aunque la versión londinense, de contornos más nítidos y definidos, se considera generalmente algo anterior a la de Ohio, más fluida y luminosa en su ejecución.

Para construir esta composición, El Greco recurrió a varias fuentes distintas, los relatos evangélicos de Mateo, Marcos y Lucas, modelos venecianos de Carpaccio, Tiziano, Bassano y Tintoretto, y ecos persistentes de su formación bizantina originaria. El resultado es un extraordinario Cristo en éxtasis, arrodillado ante un monte de perfil puntiagudo que recuerda directamente a los iconos griegos, envuelto en su propia túnica roja, con la mano teñida de un azul casi sobrenatural, mientras los tres discípulos aparecen recogidos dentro de una caverna, como envueltos en una nube que los difumina casi hasta la abstracción. Por encima de esa nube, un ángel ofrece a Cristo el cáliz, símbolo explícito de la Pasión que se avecina, mientras al fondo se distingue ya el grupo encabezado por Judas, que se acerca para consumar la traición.

¿Cómo reaccionó el público de comienzos del siglo XX ante una obra tan radicalmente alejada del naturalismo convencional? Cuando la National Gallery adquirió este lienzo en 1919, la institución fue acusada públicamente de haber comprado la obra de un loco, tal fue el desconcierto que provocaron entre parte de la crítica los colores casi ácidos y las formas deliberadamente distorsionadas con las que El Greco intensificaba el dramatismo emocional y espiritual de la escena, un juicio que hoy resulta casi incomprensible pero que refleja bien lo tardío y accidentado que fue el reconocimiento moderno del genio de El Greco.

La cuestión atributiva de esta versión concreta sigue generando debate entre los especialistas. La propia National Gallery cataloga hoy la obra como perteneciente al taller de El Greco más que a su mano exclusiva, señalando una cierta sequedad de líneas en comparación con la versión de Ohio, mientras que otros estudiosos prefieren considerarla un estudio preparatorio del propio maestro. La calidad indudable de la composición, en cualquier caso, no permite descartar sin más la intervención directa de El Greco, capaz como era de permitirse ejercicios estilísticos y variaciones técnicas dentro de un mismo taller activo y prolífico.

El mismo asunto recibiría un tratamiento todavía más revolucionario años después, en un lienzo firmado del Museo Diocesano de Cuenca, fechable entre 1600 y 1605, donde El Greco relegaría al propio Cristo en éxtasis al fondo de la composición para situar en primer plano, casi al borde del lienzo, a los apóstoles dormidos, una inversión compositiva que demuestra hasta qué punto el pintor seguía reinventando sus propios temas más consolidados incluso en la última etapa de su carrera.

El propio uso del color en esta versión londinense merece una atención especial. Los tonos plomizos del cielo, atravesados por vetas de luz casi violeta, y el rojo intenso de la túnica de Cristo contra el azul saturado de su mano y de las rocas circundantes, construyen una paleta que ningún pintor contemporáneo suyo en España se atrevía a emplear con semejante libertad. Ese cromatismo, tan alejado del naturalismo descriptivo, es precisamente lo que en 1919 desconcertó a buena parte del público londinense, acostumbrado todavía a valorar la pintura antigua según criterios de corrección académica que la obra de El Greco desafiaba abiertamente.

Contemplada hoy con la distancia de más de un siglo desde aquella polémica adquisición, esta Oración del huerto se ha convertido en una de las piezas más admiradas de la colección española de la National Gallery, un testimonio elocuente de cómo el gusto artístico puede tardar generaciones enteras en alcanzar a comprender lo que un pintor había anticipado mucho tiempo antes.