El Greco - La aparición de la Virgen a san Lorenzo
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- El Greco obras de arte
Año 1578-1580
Óleo sobre lienzo, 119 x 102 cm Monforte de Lemos, Museo de Nosa Señora da Antiga
Movimiento artístico: Manierismo

Esta es la única versión conocida que El Greco pintó de este episodio, y pertenece a su primera etapa toledana, un momento en el que el pintor seguía todavía profundamente vinculado a la cultura veneciano-romana que había asimilado durante sus años italianos. La obra llegó a Galicia por un camino relativamente indirecto, legada en 1600 al Colegio de los Jesuitas de Monforte de Lemos por su propio fundador, el cardenal Rodrigo de Castro Osorio, una figura eclesiástica de primer orden que había sido inquisidor del tribunal supremo desde 1559, obispo de Zamora y de Cuenca, arzobispo de Sevilla y finalmente cardenal y consejero de Estado.
¿Cómo llegó un lienzo pintado en Toledo hasta las manos de un cardenal con tan estrecha relación con la ciudad? Se ha supuesto que el propio cuadro pudo ser un regalo de Luis de Castilla, hermano de Diego de Castilla, el mismo canónigo toledano que había facilitado a El Greco algunos de sus primeros y más importantes encargos españoles, lo que situaría esta obra dentro de la misma red de mecenazgo eclesiástico que impulsó los inicios de la carrera toledana del pintor. El colegio jesuita que recibió el legado, conocido popularmente como el Escorial de Galicia por su arquitectura herreriana, sigue conservando hoy la pintura en su propio museo.
Estilísticamente muy cercana a la Anunciación del Museo Thyssen-Bornemisza, la composición presenta a un joven san Lorenzo ataviado con una espléndida casulla de brocado de seda, en intensos tonos rojo y ocre, adornada con vistosas borlas de gusto claramente veneciano y mangas ricamente decoradas. La figura, volumétrica y esculpida por la luz, se recorta contra un cielo plomizo, mientras el santo empuña con su mano derecha, fuerte y robusta, la parrilla que simboliza el instrumento de su martirio, y con la izquierda, abierta y con la palma hacia arriba, parece señalar hacia ese mismo objeto de su suplicio. Su rostro implorante se vuelve hacia la Virgen con el Niño, relegada significativamente a un ángulo del lienzo, apareciéndose al santo en respuesta a su súplica.
Dos elementos de esta composición anticipan direcciones que El Greco desarrollaría plenamente en su obra posterior. El fondo nuboso ante el que se recorta la figura del santo reaparecerá en cuadros futuros del pintor, cada vez con un carácter más inquietante y dramático, mientras que la dalmática litúrgica que viste san Lorenzo anuncia directamente las vestimentas sacerdotales que aparecerán años después en El entierro del conde de Orgaz, una de sus obras más célebres.
Estos primeros años toledanos trajeron consigo una demanda constante de pinturas de santos, procedente sobre todo de conventos, iglesias y órdenes religiosas de la ciudad y sus alrededores. Entre los temas más solicitados figuraban san Francisco en éxtasis o recibiendo los estigmas, la Magdalena penitente, y las figuras de san Pedro y san Pablo, mientras que de otras imágenes de santos, como este mismo San Lorenzo, el San Antonio de Padua del Museo del Prado o el San Bernardino del Museo del Greco en Toledo, no se conocen réplicas ni versiones alternativas, lo que sugiere encargos más específicos y menos repetidos dentro de la producción general del taller.
El tratamiento del rostro de san Lorenzo, elevado hacia la aparición divina con una expresión de súplica intensa pero contenida, ejemplifica bien el tipo de espiritualidad que El Greco desarrollaría a lo largo de toda su carrera toledana, una fe vivida con dramatismo interior pero sin gesticulación excesiva, más cercana a la introspección mística que al patetismo teatral que otros pintores contrarreformistas cultivaban con frecuencia. Esa capacidad de sugerir intensidad emocional mediante medios contenidos, la dirección de la mirada, la tensión de una mano abierta, es uno de los rasgos que distinguirían progresivamente al pintor cretense del resto de sus contemporáneos españoles.
Contemplado hoy en el museo gallego que lo custodia, lejos de los grandes circuitos turísticos dedicados a la obra de El Greco en Toledo, este lienzo permite apreciar la extensión geográfica que alcanzó su fama incluso en vida, capaz de llegar hasta un colegio jesuita del extremo noroeste peninsular gracias a las redes de mecenazgo eclesiástico que conectaban a la elite religiosa española de finales del siglo XVI.