El Greco - El Expolio
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Año 1577-1579
Óleo sobre lienzo, 285 x 173 cm Toledo, catedral
Movimiento artístico: Manierismo

Pocas obras de El Greco han generado tanta controversia en el momento mismo de su creación como este gran lienzo firmado, todavía hoy en la sacristía de la catedral de Toledo, que representa el instante en que Cristo es despojado de sus vestiduras antes de la crucifixión. El cabildo catedralicio encargó la obra el 2 de julio de 1566, probablemente por mediación de Diego de Castilla, y lo que debía ser un encargo prestigioso terminó convirtiéndose en un litigio formal que enfrentó al pintor con la institución que lo había contratado.
El tema elegido no era en absoluto habitual en la pintura de la época, su tratamiento pictórico se concentraba sobre todo en obras europeas de los siglos XIII al XV, y El Greco recurrió para su composición a fuentes poco convencionales, entre ellas un texto atribuido a san Buenaventura, las Meditaciones sobre la Pasión de Jesús, capaz de aportar episodios que subrayaban con intensidad el sufrimiento físico y psicológico de Cristo. La figura central, vestida con una túnica de un rojo intensísimo y los ojos elevados al cielo, aparece idealizada y psicológicamente aislada de la multitud que la rodea, trazada esta última en cambio con un realismo crudo y casi brutal que acentúa por contraste la serenidad sobrehumana del propio Cristo.
¿Qué llevó al cabildo a rechazar inicialmente el precio acordado con el pintor? Las objeciones se centraron en dos elementos concretos de la composición, la presencia en primer plano de las tres Marías, la Virgen, la Magdalena y María Cleofás, junto a un hombre ocupado en barrenar la cruz, y el hecho de que los verdugos aparecieran situados por encima de la propia figura de Cristo, un detalle que el cabildo consideraba una impropiedad capaz de oscurecer la historia sagrada y desvalorizar la dignidad de la figura de Cristo. La objeción tenía cierto fundamento teológico, ninguno de estos episodios criticados aparece en los evangelios canónicos, y el propio tema del Expolio solo figura, de hecho, en el evangelio apócrifo de Nicodemo, una fuente de autoridad mucho menor que los textos bíblicos oficiales.
El conflicto llegó hasta el punto de que El Greco se negó a entregar la obra terminada en junio de 1579 hasta que se acordara un precio justo, iniciándose un proceso formal de arbitraje. Los tasadores designados por el propio pintor, Baltasar de Chimbrón y Pedro Martínez de Castañeda, valoraron finalmente la obra en novecientos ducados, atendiendo a su tamaño, su calidad y la originalidad del estilo del artista, y el arbitraje resultó favorable a El Greco gracias a la intervención del platero toledano Alejo de Montoya, aunque el pintor solo llegaría a cobrar una parte de la cantidad total acordada.
Para explicar el aplanamiento espacial de la composición y el marcado realce jerárquico de los personajes, principales frente a secundarios, algunos historiadores han sugerido que El Greco concibió deliberadamente la escena como un gran icono, filtrado a través del volumen y el colorido aprendidos en Venecia, una fusión entre su formación bizantina originaria y su madurez artística europea que resulta especialmente visible en esta obra temprana de su etapa toledana. A pesar de las quejas iniciales del cabildo, la composición terminó teniendo un éxito extraordinario, documentado en al menos diecisiete versiones distintas entre originales del propio pintor, obras de su taller y copias posteriores de otros artistas, una fortuna crítica que contradice por completo las reticencias iniciales de sus primeros comitentes.
Técnicamente, el bosque de picas y viseras que rodea a Cristo en la parte superior del lienzo cumple una función compositiva tan importante como simbólica, limita físicamente la espacialidad de la escena, comprimiendo al espectador dentro de la misma multitud hostil que rodea a la víctima, mientras que el rojo intenso de la túnica de Cristo se convierte en el único punto de calma cromática dentro de un tumulto de armas, rostros y gestos violentos. Ese contraste entre la agitación de la multitud y la quietud casi hierática de la figura central es, probablemente, el logro expresivo más admirado de toda la composición.
El propio litigio con el cabildo, lejos de ser un episodio anecdótico, resulta revelador de la posición singular que El Greco reclamaba para sí como artista, exigiendo que su trabajo fuera valorado según criterios artísticos y no según convenciones puramente comerciales o iconográficas impuestas por el comitente. Esa defensa temprana de la autonomía creativa del pintor frente a las exigencias de sus clientes anticipa, de manera sorprendente, debates sobre la libertad artística que no se generalizarían hasta siglos después.