Año 1577-1578
Óleo sobre lienzo, 191 x 152 cm Palencia, Museo Catedralicio
Movimiento artístico: Manierismo

San Sebastián – El Greco, 1577-1578, Manierismo

San Sebastián, soldado romano convertido al cristianismo, fue víctima de las persecuciones del emperador Diocleciano en la segunda mitad del siglo III. Según sus Actas, un texto hagiográfico del siglo V de autenticidad más que dudosa, el santo había ayudado a dos mártires cristianos encarcelados en Roma, lo que le costó ser condenado primero a morir atravesado por flechas de arqueros y, tras sobrevivir milagrosamente, apaleado hasta la muerte. Esa doble ejecución convirtió al santo, ya en la Edad Media, en protector contra las plagas y en particular contra la peste, precisamente por el valor sobrehumano con que había afrontado el primer suplicio.

La iconografía tradicional solía representar a Sebastián con rasgos casi femeninos y un cuerpo delicado, casi frágil frente a las flechas que lo atraviesan. El Greco rompe deliberadamente con esa convención, dotando a su santo de un cuerpo grande, sensual y musculoso, mucho más propio de un auténtico soldado romano que del efebo delicado habitual en la pintura religiosa de la época. La figura aparece atada con una cuerda a un árbol cuyas hojas, tratadas con pinceladas veloces y menudas, recuerdan directamente la técnica que el pintor había empleado años antes en el Tríptico de Módena, un eco estilístico de su formación veneciana que persiste incluso en esta obra ya plenamente española.

Este lienzo pertenece a los primeros años de la estancia toledana de El Greco, entre 1577 y 1578, un momento decisivo de su carrera en el que probablemente contaba ya con el respaldo de Diego de Castilla, deán de la catedral de Toledo, responsable de haberle conseguido su primer gran encargo español, los retablos del convento de Santo Domingo el Antiguo. Aunque no existe certeza documental sobre el comitente exacto de este San Sebastián, la hipótesis de una vinculación con Castilla resulta razonable dado el contexto en el que se produjo la obra.

¿Cómo se explica la evidente influencia de Miguel Ángel en una figura pintada por un artista que, según se cuenta, despreciaba abiertamente su pintura? El propio El Greco confesó años más tarde al pintor y tratadista Francisco Pacheco que, en su opinión, el gran florentino no sabía pintar, una afirmación provocadora que reflejaba su preferencia por el color veneciano frente al dibujo como fundamento de la pintura. Sin embargo, el propio pintor admitía una excepción notable, reconocía sin reservas la grandeza de Miguel Ángel como dibujante de desnudos, y en este San Sebastián lo demuestra inspirándose directamente en la figura de Adán de la Capilla Sixtina.

Para la postura general del santo, El Greco recurrió además a otra fuente clásica de primer orden, el grupo escultórico helenístico del Laocoonte, conservado en los Museos Vaticanos, cuya composición retoma aquí en posición invertida. Ese mismo modelo escultórico volvería a fascinar al pintor décadas después, cuando entre 1610 y 1614 pintara su propio Laocoonte toledano, una versión completamente personal y radical del tema mitológico que demuestra hasta qué punto ciertas imágenes clásicas acompañaron a El Greco a lo largo de toda su vida creativa, reelaboradas una y otra vez desde perspectivas cada vez más originales.

El propio paisaje árido en el que se apoya la rodilla del santo, sobre una roca donde El Greco inscribió su nombre, contrasta deliberadamente con la exuberancia corporal de la figura, un recurso que concentra toda la atención del espectador en el cuerpo martirizado sin distracciones paisajísticas superfluas. Esa austeridad del entorno, muy alejada de los fondos arquitectónicos elaborados de sus obras venecianas y romanas, anticipa ya el tipo de composición depurada que caracterizaría buena parte de su producción religiosa española, donde el espacio circundante se subordina cada vez más a la intensidad expresiva de la figura protagonista.

Contemplado hoy en el Museo Catedralicio de Palencia, este San Sebastián permite apreciar con claridad el momento exacto en que El Greco, recién instalado en España, seguía todavía plenamente conectado con el repertorio formal italiano que había asimilado durante sus años en Venecia y Roma, antes de que Toledo y su particular clima religioso transformaran definitivamente su lenguaje pictórico hacia las formas alargadas y espiritualizadas que hoy asociamos de manera casi automática con su nombre.