1924
Oleo sobre lienzo,
52 x 46 cm
Basilea, Kunstmuseum Basel

El gentleman – Joan Miró, 1924, Surrealismo

En este momento se empiezan a advertir algunas connotaciones poéticas que tendrán una presencia creciente en la obra de Miró. Asoma por primera vez el lado humorístico que hará sus obras universalmente comprensibles. En el amplio repertorio del artista en estos años, entre grotescos monstruos imaginarios, ojos, líneas y formas geométricas, este cuadro se distingue por su extraordinaria carga irónica.

Bastan pocos trazos, la línea ondulada del bigote y un puntito negro que sustituye la boca, contraída en actitud autocomplaciente, para dar la imagen de un gentleman. Ante un fondo uniforme de un verde brillante que deja entrever la trama de la tela, Miró consigue mostrarnos más la actitud que las características físicas, y en esto está su talento, su habilidad.

La cola de un frac y un cigarrillo sobresalen de la forma geométrica que representa el cuerpo, mientras que el pie que asoma conserva connotaciones naturalistas. Es como si nuestro gentleman ocultase su verdadera naturaleza detrás de una convención que lo quiere rígido, juglar y bien vestido. En este sentido, el cómico penacho rojo sobre la cabeza, una especie de cresta de gallo, acentúa la sensación de ridículo del personaje. Con un mínimo de signos, el artista obtiene un máximo de imaginación; su pintura ha conseguido lo que se proponía: dejar entrever más allá de lo visible, entre los pliegues de lo invisible.

El año 1924 marca un momento decisivo en la trayectoria de Miró, coincidiendo con la firma del primer Manifiesto surrealista impulsado por André Breton, al que el pintor catalán se adhirió desde el círculo parisino de artistas afines. La sátira del burgués bien vestido, representado aquí como figura hueca y ridícula tras su fachada de elegancia, conecta con una tradición de crítica social muy presente también en el Dadaísmo y en el propio Surrealismo de estos años. Esta obra representa además un momento de transición fundamental entre el minucioso naturalismo detallista de composiciones anteriores como La masía, de 1921-1922, y el lenguaje de signos radicalmente reducido que Miró desarrollaría plenamente hacia finales de la década, como puede apreciarse en sus posteriores series de fondos monocromos.

El año 1924 marca un momento decisivo en la trayectoria de Miró, coincidiendo con la firma del primer Manifiesto surrealista impulsado por André Breton, al que el pintor catalán se adhirió desde el círculo parisino de artistas afines a su generación. La sátira del burgués bien vestido, representado aquí como figura hueca y ridícula tras su fachada de elegancia, conecta con una tradición de crítica social muy presente también en el Dadaísmo y en el propio Surrealismo de estos años de entreguerras. Esta obra representa además un momento de transición fundamental entre el minucioso naturalismo detallista de composiciones anteriores como La masía, de 1921-1922, y el lenguaje de signos radicalmente reducido que Miró desarrollaría plenamente hacia finales de la década, como puede apreciarse en sus posteriores series de fondos monocromos de 1927. Conservada hoy en el Kunstmuseum de Basilea, esta pequeña obra ejemplifica a la perfección la capacidad de síntesis que Miró alcanzaría plenamente en la década siguiente, cuando el mínimo de elementos gráficos bastaría para construir imágenes de enorme fuerza expresiva y poética. El propio Miró conservó siempre un cariño especial por este pequeño lienzo, que consideraba una de las primeras obras en las que había logrado plenamente ese equilibrio entre humor e invención formal que definiría el resto de su carrera artística. Décadas más tarde, coleccionistas y museógrafos seguirían citando esta pequeña obra como ejemplo perfecto de cómo un artista puede decir mucho con muy poco, condensando toda una crítica social en apenas un puñado de líneas certeras.