Hacia 1504
Tabla, 52,9 x 37,9 cm, Florencia, Gallería deglí Uffizi

Retrato de Elisabetta Gonzaga – Rafael Sanzio, hacia 1504, Alto Renacimiento

La mención más antigua de este cuadro es una cita en el inventario de 1631 del Palacio Ducal de Urbino, donde se anota, sin referencia al artista al que se debe, un retrato de la duquesa Isabetta, mantuana, mujer del duque Guido, con un escorpión en la frente, cadenitas al cuello y adornada de trocitos de oro, con marco de nogal, tapete de tafetán azul celeste, en tabla con su hierro; ese mismo año la tabla llegó a las colecciones mediceas con la herencia de la gran duquesa Vittoria della Rovere.

La pintura ha sido objeto de diversas atribuciones; entre otros nombres se han sugerido los de Durero y Mantegna, sin embargo, el de Rafael se propuso de manera más convincente, si bien todavía con cierto margen de incertidumbre, en el catálogo de la exposición Raffaello a Firenze de 1984. En el Retrato de Elisabetta Gonzaga, nacida en Mantua en 1471 y casada con Guidobaldo de Montefeltro, duque de Urbino, en 1489, están presentes, por el esmero con que se ha realizado el traje, la atención a los detalles y el interés en el estudio psicológico de la noble dama, aspectos típicos del arte flamenco, que tuvo gran predicamento en la corte de Urbino.

A estos rasgos, que fueron estudiados por Rafael también en el taller de su padre, se unen referencias, por ejemplo en el paisaje, a la producción peruginesca contemporánea. La coincidencia de estos intereses podría corroborar la atribución a Rafael, que trabajó para la familia ducal y gozó de su protección durante los años de formación y en el transcurso de su estancia en Florencia. Es muy posible que en este período se realizase la Elisabetta, a la cual las fuentes coinciden en reconocer dotes de culta y refinada cultivadora de las letras y las artes, y un papel de animadora de las doctas reuniones que tenían lugar en su corte, mencionadas por Baldassarre Castiglione en El cortesano como modelo de perfección.

Elisabetta Gonzaga es precisamente el personaje central que preside las conversaciones imaginadas por Castiglione en su célebre tratado, ambientado en la propia corte de Urbino y publicado décadas más tarde, en 1528, pero que reflejaba el ambiente cultural refinadísimo que la duquesa había cultivado en vida. El pequeño escorpión pintado en la frente de la retratada, detalle poco habitual, se ha interpretado dentro de la tradición emblemática renacentista como posible alusión a la vigilancia o a la fortaleza moral, cualidades que las fuentes atribuyen unánimemente a esta mujer considerada, en su época, uno de los grandes referentes de la cultura cortesana italiana.

La corte de Urbino bajo el gobierno de Guidobaldo de Montefeltro, pese a las dificultades de salud que aquejaban al propio duque, se mantuvo durante estos años como uno de los focos culturales más brillantes de toda Italia, atrayendo a intelectuales, poetas y artistas de toda la península. El padre de Rafael, Giovanni Santi, había servido precisamente como pintor de corte en Urbino antes de morir cuando el futuro maestro contaba solo once años, lo que explica los estrechos vínculos que unieron siempre a Rafael con esta familia ducal y que probablemente facilitaron el acceso del joven artista a un encargo tan prestigioso como este pequeño retrato de la duquesa. El pequeño formato de esta tabla, apenas algo mayor que un libro de gran tamaño, resulta coherente con su función original como objeto de devoción y recuerdo personal dentro de los aposentos privados del palacio ducal, muy alejado por tanto de la escala pública de los grandes retratos oficiales de corte que otros artistas del Renacimiento solían ejecutar para las mismas familias gobernantes.