1919
Oleo sobre lienzo
Palma de Mallorca, colección Dolores Miró de Punyet

Montroig, la iglesia y el pueblo – Joan Miró, 1919, Surrealismo

La obra pertenece a la fase del estilo de Miró que la crítica ha definido como detallista o particularista, por la evidente atención que el pintor presta aquí a cada minucia del paisaje representado. Con un punto de vista que se vale de una comprensión lenta y gradual de lo observado, Miró se interesa por cada uno de los elementos que componen sus paisajes de estos años, pintados casi siempre en Mont-roig, la finca familiar catalana.

Mont-roig viene a representar, en toda esta etapa de la obra de Miró, el arquetipo mismo de la naturaleza catalana, la medida a la que aspira el artista: un pequeño universo perfecto en el que lo pequeño halla su dimensión junto a lo grande, en un equilibrio cabal que el pintor persigue con auténtica obsesión durante estos años previos a su instalación definitiva en París, en 1920.

La luz nítida del cuadro describe poco a poco todos los detalles de este desarrollo ascensional que conduce al espectador desde el primer plano hasta el edificio del fondo, del cual logramos distinguir, a pesar de la distancia que nos separa de él, cada ladrillo, contrafuerte y ventanita. La naturaleza queda igualmente descrita en cada hoja o brizna de hierba, con una minuciosidad narrativa que aclara la paleta y le confiere un poder simbólico cercano ya a una visión casi onírica del paisaje.

La lograda síntesis geométrica de los espacios, que se advertía ya en los trabajos inmediatamente anteriores del artista, se ha transmutado aquí en una pureza de líneas, unas líneas que dividen, como las de un pentagrama musical, la musicalidad conseguida por esta obra un tanto naíf en su factura pero enormemente sofisticada en su concepción.

Estos años de trabajo intensivo en Mont-roig, completado ya el servicio militar del joven Miró, coinciden con veranos cada vez más largos dedicados por entero a la pintura del natural, un periodo de aprendizaje solitario que muchos críticos han relacionado con el llamado realismo mágico centroeuropeo, por su capacidad de convertir la observación más minuciosa de lo real en una experiencia casi visionaria.

Cada pormenor adquiere así dignidad propia en la obra de Miró, y merced a esta afirmación de lo infinitesimal sobre lo inmenso, el artista terminaría por crear un estilo personalísimo que lo llevaría, apenas unos años después, a una síntesis capaz de hacer hablar a los vacíos, los signos y el color en el lugar mismo de los objetos representados.

Conservada en una colección particular de Palma de Mallorca, esta pintura permite observar el momento preciso en que Miró, todavía fiel a la observación directa de la naturaleza, empezaba ya a intuir el camino hacia la síntesis y la abstracción que definiría el resto de su carrera.

La finca de Mont-roig del Camp, adquirida por el padre de Miró en 1911, se convirtió desde entonces en el refugio veraniego de toda la familia y, para el propio pintor, en un punto de referencia geográfico y emocional al que regresaría durante toda su vida, incluso décadas después de haberse instalado definitivamente en París y, más tarde, en Mallorca. El paisaje de esta comarca tarraconense, con su característica tierra roja y sus construcciones de piedra encalada, reaparece de manera constante en la obra de Miró, desde estos primeros paisajes detallistas hasta las composiciones más abstractas de su madurez.

Este vínculo casi obsesivo con un mismo lugar geográfico, poco habitual entre los artistas de vanguardia de su generación, mucho más volcados hacia la vida urbana de las grandes capitales, constituye una de las claves menos conocidas pero más constantes de toda la trayectoria de Miró, y explica en buena medida la profundidad casi telúrica de su relación con la naturaleza catalana.