El Greco - San Martín y el mendigo
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Año 1597-1599
Óleo sobre lienzo, 193 x 103 cm Washington, National Gallery of Art
Movimiento artístico: Manierismo

El 9 de noviembre de 1597, El Greco firmó el encargo de este lienzo destinado a la capilla de San José de Toledo, un espacio construido por deseo del comerciante Martín Ramírez, fallecido en 1569, en sustitución de un antiguo convento dedicado a santa Teresa. No parece casual que Ramírez eligiera precisamente a san Martín como advocación de su capilla, comparte nombre con el santo, una coincidencia que sin duda reforzaba el vínculo devocional personal del comitente con la figura representada. La capilla, consagrada en 1594, recibió entre 1597 y 1599 una intervención completa de El Greco que abarcó tanto el altar mayor como los dos laterales, incluidos los marcos de las pinturas.
Para el altar mayor se eligió una composición de San José con el Niño, coronada por una Coronación de la Virgen de iconografía insólita que todavía hoy permanece en su emplazamiento original toledano. Para los altares laterales se encargaron dos lienzos que hoy cuelgan en la National Gallery de Washington, este San Martín y el mendigo y una Virgen con el Niño entre santa Martina y santa Inés. San Martín de Tours, soldado romano nacido hacia el año 315 en la Panonia, aparece en el momento culminante de su leyenda, cortando con la espada su elegante manto para compartirlo con un mendigo desnudo, un gesto de caridad que la tradición cristiana considera el origen de su posterior conversión.
El Greco representa al santo montado en un esbelto y vistoso caballo blanco, con una elegancia casi cortesana en la actitud, el rostro imberbe conforme a la leyenda que lo imaginaba todavía muy joven en el momento del episodio, y una expresión bondadosa y compasiva. Viste una elaborada coraza damasquinada en oro que recuerda su carrera militar, ya abandonada en el momento de la conversión, y calza un elegante calzado propio de su condición de hijo de un oficial del ejército romano. Su figura, alargada según el canon característico de la pintura española tardía de El Greco, se estira a lo largo del formato rectangular del lienzo, igual que la del mendigo desnudo, cuyo cuerpo enjuto y famélico queda realzado por la luz que incide sobre él.
¿Qué paisaje se distingue bajo el grupo protagonista? El conjunto se recorta contra un cielo de tonos pastel, apenas surcado por algunas nubes, mientras que en la parte inferior del lienzo aparece un paisaje fascinante, los bastiones de piedra gris de una ciudad amurallada que, según la iconografía tradicional del episodio, debería representar Amiens, la ciudad francesa donde se sitúa históricamente el encuentro entre Martín y el mendigo, pero que El Greco convierte en realidad en su propia Toledo de adopción, reconocible por el puente de Alcántara y el curso del río Tajo, visible incluso entre las patas del caballo.
Del cuadro se conocen al menos cuatro réplicas adicionales, algunas consideradas autógrafas del propio maestro y otras atribuidas a su hijo Jorge Manuel o al taller familiar, un patrón de repetición muy habitual en la producción de encargos religiosos exitosos de la Toledo de la época, donde una composición bien resuelta podía generar demanda durante años después de su primera ejecución.
La elección de un punto de vista muy bajo, casi a ras de suelo, contribuye decisivamente al efecto monumental de la escena, el caballo y su jinete se alzan sobre el espectador con una presencia casi escultórica, mientras el paisaje toledano se despliega a sus pies como un telón de fondo remoto y a la vez familiar. Ese contraste de escalas, entre la figura heroica en primer plano y la ciudad diminuta al fondo, refuerza visualmente el propio mensaje moral del episodio, el gesto de caridad de un individuo concreto adquiere una dimensión casi cósmica frente a la magnitud del mundo que lo rodea.
Sustituir Amiens por Toledo no era, en el caso de El Greco, un simple descuido geográfico sino una decisión deliberada y coherente con su práctica habitual en otras obras, la de trasladar los grandes episodios sagrados y legendarios al escenario urbano que mejor conocía y que más profundamente había hecho suyo, convirtiendo así cada nueva composición religiosa en una forma sutil de homenaje personal a la ciudad que lo había acogido durante las últimas décadas de su vida.