Sandro Botticelli - Historias de la Magdalena: Comunión y Asunción
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- Sandro Botticelli obras de arte
Año 1470
Temple sobre tabla, 18 x 42 cm Filadelfia, Philadelphia Museum of Art, The Johnson Collection
Movimiento artístico: Renacimiento italiano

Las predelas, esas franjas estrechas y alargadas que corrían al pie de los grandes retablos de altar, obligaban a los pintores del Quattrocento a un ejercicio narrativo muy particular, contar una historia completa dentro de un espacio horizontal reducidísimo, de apenas dieciocho centímetros de alto en este caso. Esta pequeña tabla, hoy conservada en el Philadelphia Museum of Art dentro de la Colección Johnson, formaba parte de una serie dedicada a episodios de la vida de María Magdalena, extraídos no de los Evangelios canónicos sino de las leyendas medievales que durante siglos alimentaron la devoción popular hacia los santos.
El episodio concreto que aquí se narra, la Comunión y la Asunción de la santa, resulta especialmente interesante porque su iconografía funde en una sola imagen dos tradiciones distintas, la de María Magdalena propiamente dicha y la de María Egipcíaca, otra santa penitente cuya historia de conversión y contrición se superponía con frecuencia a la de la Magdalena en el imaginario religioso medieval. Ambas figuras compartían el arquetipo de la pecadora redimida, un modelo espiritual enormemente popular en la piedad del Quattrocento, que ofrecía esperanza de salvación incluso a quienes habían llevado una vida alejada de la virtud.
Estas pequeñas escenas formaban parte de un conjunto mayor, la predela del que se conoce como Retablo de las Convertidas, identificado por buena parte de la crítica con el llamado Retablo de San Ambrosio, hoy disgregado entre distintas colecciones tras haber sido desmontado en el siglo XIX. La investigación más reciente confirma que estas tablillas proceden efectivamente de ese conjunto, destinado originalmente al convento florentino de Sant'Ambrogio, y que la disgregación del retablo original explica por qué hoy sus distintas partes se reparten entre Filadelfia y otras colecciones internacionales, un destino común a muchas obras de altar desmembradas durante las convulsiones políticas y religiosas de la Europa del siglo XIX.
¿Qué llevaba a un taller a fragmentar así una obra concebida como unidad? Casi siempre, razones puramente comerciales, las predelas, más pequeñas y manejables que la tabla principal de un retablo, resultaban más fáciles de vender por separado en el mercado del arte que se desarrolló con fuerza en el siglo XIX, cuando muchas iglesias y conventos europeos vendieron o perdieron su patrimonio artístico en circunstancias muy diversas.
Estilísticamente, estas escenas se sitúan sin dificultad dentro de la producción de Botticelli de la década de 1470, comparable en el tratamiento de la luz a sus dos versiones de la Adoración de los Reyes conservadas en la National Gallery de Londres, y en la relación entre el espacio arquitectónico y las figuras, todavía alejada de la grandilocuencia compositiva que definiría su etapa de madurez. El pintor demuestra ya, sin embargo, un dominio notable de la perspectiva arquitectónica, capaz de dar profundidad y credibilidad espacial a escenas que debían resolverse en un formato extremadamente comprimido.
Lo que distingue a estas pequeñas historias narrativas de las grandes composiciones religiosas de Botticelli es precisamente su carácter casi íntimo, destinado a ser observado de cerca, quizás por los propios fieles del convento al pie del altar, en un ejercicio de contemplación mucho más personal que el que exigían las grandes tablas centrales de los retablos. En su reducida escala, estas obras condensan toda la capacidad narrativa de un pintor que, apenas unos años después, sería capaz de construir composiciones mitológicas de una complejidad simbólica muchísimo mayor.
Hoy, separadas de su contexto original y expuestas como piezas independientes en una sala de museo, estas tablillas pierden inevitablemente parte del sentido devocional que tuvieron en origen, pensadas para ser vistas de rodillas, al pie de un altar, dentro de la penumbra de una iglesia conventual. Aun así, conservan intacta su capacidad de contar una historia con economía de medios, un recordatorio de que la grandeza de un pintor no se mide solo por sus obras más monumentales sino también por la habilidad con que resuelve los encargos más modestos y funcionales de su oficio cotidiano.