Rafael Sanzio - El incendio del Borgo
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- Rafael Sanzio obras de arte
Hacia 1514
Fresco, base 670 cm aproximadamente Ciudad del Varticano, Estancia del Incendio del Borgo

La tercera de las estancias vaticanas cuya realización se confió a Rafael tomó su nombre del único episodio pintado íntegramente al fresco por el propio artista, mientras que las otras tres escenas de la sala, que representan la Batalla de Ostia, la Coronación de Carlomagno y el Juramento de León III, fueron dejadas en manos del taller y concluidas en 1517. Estas imágenes, al igual que la autógrafa de Rafael, aluden mediante episodios del pasado a la política instaurada por León X durante su pontificado.
Con esta obra suele hacerse coincidir el inicio del estilo pictórico que distingue los últimos años de Rafael, presidido por un sentido heroico del clasicismo, muy distinto de la serenidad armoniosa de sus primeras estancias vaticanas. El acontecimiento representado está extraído del Liber Pontificalis y muestra el milagro gracias al cual, en el año 847, el papa León IV, personificación velada de León X, asomándose a la galería de las bendiciones de la basílica de San Pedro, figurada aquí con formas paleocristianas, logró extinguir un incendio que se había desatado en la Ciudad Eterna.
En la organización de la escena, el pintor se inspiró en las perspectivas de las escenografías teatrales de su tiempo, utilizando de una manera innovadora diversos puntos de vista simultáneos. No menos importantes son las diversas alusiones a edificios de la era clásica, como el templo de Saturno, y dentro de lo contemporáneo, al vocabulario arquitectónico de Bramante, con quien Rafael había colaborado estrechamente en las obras de la nueva basílica de San Pedro.
También en las figuras hay referencias explícitas a lo antiguo: las actitudes de algunas de ellas, tomadas directamente de la estatuaria clásica romana, logran infundir en el espectador la sensación física de la tragedia que se está desarrollando ante sus ojos, con cuerpos que huyen, se protegen o suplican en posturas de gran tensión dramática. Esta cita constante del mundo grecorromano no es un simple alarde erudito, sino parte del programa iconográfico completo de las Estancias, concebido para exaltar la continuidad entre la Roma clásica y la Roma cristiana bajo el pontificado Médicis.
La elección de este episodio no fue casual, como tampoco lo fue la de los temas ejecutados por sus alumnos en las escenas contiguas. Con el milagro de León IV, el papa Médicis hacía una explícita referencia al objetivo que se había propuesto durante su pontificado: aplacar el fuego de la guerra que estaba devastando la Cristiandad, un mensaje político que el espectador de la época, habituado a este tipo de lecturas alegóricas, sabía interpretar de inmediato.
Hoy, esta sala sigue siendo, junto con la vecina Estancia de la Signatura, uno de los conjuntos más visitados de los Museos Vaticanos, y permite seguir de cerca la transformación del lenguaje pictórico de Rafael en los últimos años de su breve pero extraordinaria carrera.
Las cuatro Estancias vaticanas, encargadas primero por Julio II y después continuadas bajo su sucesor León X, constituyen en conjunto uno de los programas decorativos más ambiciosos de todo el Renacimiento italiano: la Estancia de la Signatura, con la célebre Escuela de Atenas; la Estancia de Heliodoro, dedicada a la protección divina de la Iglesia; esta misma Estancia del Incendio del Borgo; y finalmente la Sala de Constantino, concluida ya por el taller tras la muerte del propio Rafael en 1520. Recorrer las cuatro salas en orden cronológico permite observar con claridad la evolución del artista, desde la serenidad clásica de sus primeros años romanos hasta el dinamismo casi barroco de estas escenas tardías.
El propio Rafael, convertido ya para entonces en el artista más solicitado de toda Roma, dirigía en estos años un taller numeroso que incluía a discípulos tan dotados como Giulio Romano o Giovanni Francesco Penni, encargados de ejecutar buena parte de las escenas secundarias bajo su supervisión directa, una práctica habitual en los grandes encargos papales de la época que no restaba unidad al conjunto final.