Año Hacia 1542
Copia de cartón de Miguel Ángel (1504-1506), óleo sobre lienzo, 75,5 x 130 cm Norfolk, Holkham Hall, colección Leicester
Movimiento artístico: Alto Renacimiento

La batalla de Cascina (copia de Aristóteles da Sangallo) – Miguel Ángel, hacia 1542, Alto Renacimiento

Lo que hoy contemplamos en Holkham Hall no es, en sentido estricto, una obra de Miguel Ángel: es la copia, pintada varias décadas después por su discípulo Aristotele da Sangallo, de un cartón preparatorio que el propio Miguel Ángel había ejecutado hacia 1504-1506 y que se ha perdido para siempre. Y sin embargo, esta copia es hoy el único testimonio visual completo que nos queda de uno de los proyectos más legendarios -y más frustrados- de toda su carrera.

El encargo llegó del gonfaloniero Piero Soderini en el otoño de 1504, en plena guerra florentina por la reconquista de Pisa, y estaba destinado a decorar la Sala del Consejo del Palazzo Vecchio. El propio marco del proyecto ya garantizaba su fama: en la pared opuesta trabajaría, sobre el mismo tema bélico pero un episodio distinto, nada menos que Leonardo da Vinci, encargado de representar la Batalla de Anghiari. ¿Puede imaginarse una competencia artística de mayor calibre en toda la historia del Renacimiento? Los dos genios más admirados de Florencia, midiéndose cara a cara en el mismo salón del poder civil.

El episodio elegido, narrado en la Crónica de Giovanni Villani, se remontaba a un suceso real de la anterior guerra contra Pisa: el 29 de julio de 1364, el condotiero Galeotto Malatesta había acampado con sus tropas cerca de Cascina y, vencido por el calor, ordenó a sus soldados bañarse desarmados en el río. En ese instante de vulnerabilidad, un veterano llamado Manno Donati irrumpió en el campamento gritando «¡Estamos perdidos!», obligando a los soldados a vestirse y armarse a toda prisa antes de enfrentarse a los pisanos y derrotarlos. La elección de este momento concreto -no la batalla en sí, sino la alarma repentina que sorprende a los hombres desnudos en pleno baño- fue, con toda probabilidad, decisión del propio Miguel Ángel, consciente de que le ofrecía una excusa perfecta para desplegar su fascinación absoluta por el cuerpo humano desnudo en toda clase de posturas y movimientos violentos.

Miguel Ángel trabajó en el gran cartón preparatorio con la misma intensidad obsesiva que aplicaba a cualquier proyecto, aunque la empresa se vio interrumpida primero por su viaje a Roma en 1505 y retomada en 1506, antes de un nuevo desplazamiento a Bolonia. Es probable que nunca llegara a trasladar el diseño al fresco definitivo: en 1508 abandonó el proyecto por completo para emprender la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, y para cuando Florencia recuperó definitivamente Pisa, en junio de 1509, el tema había perdido buena parte de su urgencia y actualidad política.

Pero el cartón, aunque nunca se convirtiera en fresco, alcanzó por sí solo una fama extraordinaria. El escultor y orfebre Benvenuto Cellini lo describió como la «escuela del mundo», y generaciones enteras de artistas florentinos acudieron a estudiarlo y copiarlo hasta la saciedad, aprendiendo de él las soluciones más audaces para representar la anatomía en movimiento. Esa misma popularidad terminó siendo, paradójicamente, la causa de su destrucción: manoseado, trasladado varias veces de ubicación, el cartón acabó dividido en fragmentos que se dispersaron sin dejar rastro, según algunas versiones cortado deliberadamente por el escultor Baccio Bandinelli, rival declarado de Miguel Ángel, en un acto de sabotaje artístico que la tradición nunca ha logrado confirmar del todo pero que resulta perfectamente coherente con la rivalidad feroz que dividía entonces el ambiente artístico florentino.

De todo aquel prodigio perdido, la copia del grupo central pintada por Aristotele da Sangallo hacia 1542 es, con diferencia, la más fiel y completa que ha sobrevivido, y por eso constituye hoy la única ventana posible hacia uno de los proyectos más ambiciosos que Miguel Ángel jamás llegó a completar.