Francisco de Goya - La lechera de Burdeos
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- Francisco de Goya obras de arte
1827-1828
Óleo sobre lienzo, 74 x 68 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

Desde siempre considerada como la última obra de Goya, una especie de apostilla o corrección al testamento espiritual de las Pinturas negras, cuya carga nihilista atenuaría al menos en parte, la pequeña tela estuvo en posesión de Leocadia Zorrilla, que la vendió a un amigo del pintor poco después de la muerte de este.
Se ha dicho y escrito mucho sobre el renacer del Goya octogenario bajo el cielo libre de Francia, sobre la nueva felicidad de unos tonos azules que no se veían en su paleta desde hacía décadas y de la luminosidad matinal del retrato, al que algunos atribuyen calidad impresionista. Sin embargo, al observador sensible y antirretórico no se le escaparán las estrías oscuras que contaminan los azules y un ductus rasgueado, casi balbuceante, que parece denotar un oficio consumadísimo, no exento de borrones.
Con todo, el cuadro no posee la compenetración y la identidad de calidades entre la luz y los cuerpos que distingue a una obra impresionista. La lechera de Burdeos es la obra de un viejo pintor que, con el caballete en el umbral de su casa una mañana de sol, se decide por fin a hacer el retrato de la campesina que le trae la leche todos los días, y, al pintar a la muchacha sentada en un murete a contraluz, Goya cambia todos sus negros íncubos por una contemplación amable del espectáculo eternamente renovado de la vida.
Goya se había exiliado voluntariamente en Burdeos en 1824, huyendo del absolutismo represivo de Fernando VII, y pasó allí los últimos cuatro años de su vida junto a Leocadia Zorrilla, su compañera desde hacía tiempo, en un ambiente de relativa libertad política y personal muy distinto del asfixiante clima madrileño de la restauración absolutista. Este retrato final, pintado apenas unos meses antes de su muerte en abril de 1828, representa así el cierre luminoso de una vida marcada por profundas contradicciones entre el pintor de corte oficial y el crítico feroz de los desastres de su tiempo, resuelta finalmente en la serena contemplación de una escena cotidiana sin ninguna pretensión trascendente.
El Museo del Prado, que conserva esta última obra de Goya, la exhibe con frecuencia como punto final del gran recorrido dedicado al pintor aragonés, estableciendo así un contraste deliberado con las Pinturas negras que preceden cronológicamente a esta lechera, y ofreciendo al visitante la posibilidad de comparar directamente el abismo emocional que separa ambas etapas finales de la producción goyesca. Este contraste luminoso entre la serenidad final de la lechera y la oscuridad angustiosa de las Pinturas negras pintadas apenas unos años antes ha llevado a numerosos biógrafos a interpretar esta última obra como un verdadero renacimiento espiritual del pintor, liberado finalmente del peso opresivo de la España absolutista que había marcado tan profundamente su producción de madurez. Este pequeño retrato final, tan alejado en tono de la angustia de las Pinturas negras, sigue siendo citado por los biógrafos como prueba de que ni siquiera en los últimos meses de su vida perdió Goya la capacidad de sorprender con un giro emocional completamente inesperado. Un giro final tan inesperado como conmovedor en la biografía artística de uno de los grandes maestros españoles. Pocas obras finales de un gran maestro transmiten tanta paz genuina como esta pequeña y luminosa lechera bordelesa. Bordeaux, ciudad de acogida final, se convirtió así en el escenario inesperado de la última y más apacible obra de Goya. Un final sereno, casi inesperado, para una vida artística marcada por tantas tormentas personales y políticas sucesivas. Un cierre inesperadamente sereno.