Francisco de Goya - El 3 de mayo en Madrid: los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío
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- Francisco de Goya obras de arte
1814
Óleo sobre lienzo, 266 x 345 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

Compañero inseparable de El 2 de mayo en Madrid: la lucha con los mamelucos, este segundo gran lienzo representa la ejecución de patriotas madrileños por las tropas francesas, consumada al amanecer del día siguiente al levantamiento popular contra la ocupación napoleónica. El pelotón de fusilamiento aparece dispuesto con una rigidez y una impersonalidad deliberadas, casi mecánicas, que Goya contrapone de manera brutal a la humanidad desesperada de las víctimas.
La factura pictórica, amplia y pastosa, extendida a trazos decididos con la espátula, consigue sin embargo un efecto de realismo tremendamente impactante: el hombre caído en el suelo, tendido en un charco de sangre, con el cráneo deshecho por el impacto de las balas, transmite una urgencia trágica que golpea la imaginación del espectador con la fuerza de un disparo real. ¿Cómo logra Goya que una escena tan violenta resulte, además de terrible, profundamente humana? El pintor no se limita a describir ni a narrar el suceso histórico: busca deliberadamente impresionar, grabar la imagen de manera indeleble en la memoria de quien la contempla.
El historiador del arte Alfonso E. Pérez Sánchez definió con extraordinaria precisión el efecto buscado por Goya en esta composición: el personaje central, vestido con una camisa blanca deslumbrante, con los brazos abiertos y levantados en un gesto que recuerda deliberadamente la iconografía cristiana de la crucifixión, se transforma en un puro grito plástico. Las formas se abren y divergen como en una explosión, mientras la cegadora claridad radiante que capta y refleja la luz del farol situado en el umbral de la sombra convierten a este lienzo, y muy especialmente a esta figura central, en una de las más gloriosas anticipaciones de ciertas corrientes pictóricas que, mucho tiempo después, intentarían comunicar mediante medios enteramente plásticos el grito, la desesperación o la brutalidad extrema.
Esta capacidad de Goya para expresar más que narrar, para provocar más que simplemente informar, resulta especialmente reveladora si se compara con la pintura de batallas convencional de su época, mucho más interesada en glorificar gestas militares heroicas que en mostrar el sufrimiento concreto de las víctimas anónimas de la violencia bélica.
El contraste cromático entre la figura central, iluminada con una luz casi sobrenatural, y el resto de los condenados, sumidos progresivamente en la sombra según se alejan del punto de mayor iluminación, sugiere además una gradación temporal implícita: como si el espectador contemplara, en un único instante congelado, la sucesión completa de fusilamientos que tendrían lugar esa misma noche en diferentes puntos de la ciudad.
Los soldados franceses, representados de espaldas y prácticamente despojados de rasgos individuales identificables, refuerzan visualmente esa impersonalidad mecánica del pelotón de ejecución, convertido por Goya en una auténtica máquina anónima de violencia estatal, indiferente al sufrimiento humano que provoca con cada descarga de sus fusiles.
Conservado hoy en el Museo Nacional del Prado de Madrid, junto a su obra compañera dedicada al levantamiento del día anterior, este lienzo sigue siendo considerado, dos siglos después de su ejecución, una de las imágenes más poderosas jamás pintadas contra la violencia de la guerra, y una referencia constante para generaciones posteriores de artistas comprometidos con la denuncia visual del sufrimiento humano.
Ambos lienzos del 2 y el 3 de mayo, concebidos como un díptico narrativo indisociable, marcan además un punto de inflexión decisivo en la historia de la pintura europea: por primera vez, un artista de la estatura de Goya elegía representar sin idealización heroica alguna el sufrimiento concreto de víctimas anónimas de un conflicto contemporáneo, abriendo un camino que seguirían después pintores tan distintos entre sí como Delacroix, Manet o, ya en el siglo XX, Picasso con su propio Guernica.