1779-1780
Óleo sobre lienzo, 218 x 166 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

Las lavanderas – Francisco de Goya, 1779-1780, Romanticismo

Este cartón forma parte de la serie realizada para la antecámara de los príncipes de Asturias y fue entregado el 24 de enero de 1780. Representa el descanso de unas lavanderas a la orilla de un torrente: una de las mujeres está echada y dormida, con la cabeza en el regazo de otra que, sonriente, abraza a una oveja, o más probablemente un carnero, según han precisado los estudiosos del cuadro.

El animal es objeto del interés también de otra lavandera, que alarga el brazo para acariciarle la cabeza. Detrás de las mujeres, la ropa tendida en una cuerda extendida entre dos árboles cubre la visual en el lado derecho del cuadro; a la izquierda, por el contrario, el paisaje conduce a gran profundidad siguiendo el cauce del riachuelo hasta las lejanas montañas, de perfiles cubiertos de nieve.

La presencia del carnero podría convertir esta escena aparentemente idílica en una alegoría de la lujuria femenina, a la que parecen aludir también el abandono de la lavandera dormida y las voluptuosas atenciones que las otras dedican al animal, una lectura simbólica bastante habitual en la pintura de género española de la época.

Es un rasgo de mérito de este lienzo el bellísimo contraste entre el azul frío del cielo y el centelleante amarillo cadmio de la luz del fondo, un efecto que se refleja tanto en las cumbres heladas como en el torrente de límpida agua. El crítico Roberto Longhi describiría estos fondos goyescos como un mundo hecho transparente, montañas nevadas y gélidas, desgarrones celestes de lejanías, relacionando ese enfriamiento de los tonos en la paleta de Goya con la tradición pictórica de Corrado Giaquinto, y por otra parte con el ejemplo de los propios paisajes de Velázquez.

Esta serie de cartones, ejecutada a finales de la década de 1770, coincide con un momento de plena consolidación profesional para Goya dentro de la corte española, apenas unos años antes de su nombramiento oficial como pintor del rey en 1786, un reconocimiento que le permitiría ampliar progresivamente su clientela hacia la alta aristocracia madrileña.

Conservado en el Museo Nacional del Prado de Madrid, este cartón permite apreciar la extraordinaria sensibilidad cromática que Goya desplegaba ya en estos primeros encargos decorativos, mucho antes de que su obra se orientara hacia registros más sombríos y personales.

El crítico e historiador del arte italiano Roberto Longhi, citado en relación con esta misma obra, fue uno de los grandes redescubridores de la pintura española del Siglo de Oro para el público europeo del siglo XX, y sus estudios sobre Caravaggio y sobre la influencia de la pintura italiana en Velázquez sentaron las bases de buena parte de la historiografía posterior sobre las relaciones artísticas entre Italia y España durante los siglos XVII y XVIII. Su observación sobre el paisaje goyesco de esta obra, situándolo en la estela de Giaquinto y de Velázquez a la vez, resume con notable precisión la doble herencia, italiana y española, que convergía en la formación pictórica del propio Goya durante estos años de aprendizaje como cartonista.

Corrado Giaquinto, pintor napolitano llamado a Madrid por Fernando VI para decorar el Palacio Real antes incluso de la llegada de Tiepolo, había introducido en la corte española una paleta clara y luminosa, de raíz rococó italiana, que ejerció una influencia decisiva sobre toda una generación de pintores de cámara españoles, entre ellos el propio Goya durante sus primeros años como cartonista, mucho antes de que este desarrollara, ya décadas más tarde, el lenguaje oscuro y dramático que hoy tan bien asociamos con su nombre.