Dalí - Manifiesto surrealista
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- Salvador Dalí obras de arte
1934
Óleo sobre litografía con una llave aplicada, 69 x 46 cm Saint Petersburg, The Salvador Dalí Museum, en préstamo de la E. and A. Reynolds Morse Collection

Esta imagen fue utilizada por Dalí como portada para el catálogo de su exposición en la galería Julien Levy de Nueva York, celebrada del 21 de noviembre al 10 de diciembre de 1934. Era la primera vez que el pintor cruzaba el Atlántico rumbo a América. Recibido con entusiasmo en Estados Unidos, Dalí se sintió fascinado por el mundo americano y sus mitos tecnológicos e industriales, y llegó a realizar ilustraciones para el semanario American Weekly, en el que trastocaba en clave surrealista escenas típicas de la vida cotidiana estadounidense.
En este manifiesto, Dalí se sirve de una litografía publicitaria en la que un joven de frondosas patillas muestra el modo de empleo de ciertos parches contra el reumatismo, e interviene sobre ella introduciendo algunas de sus invenciones surrealistas más célebres: el reloj blando, las hormigas, la chuleta, su propia niñera sentada y vista de espaldas. Debajo de la figura aparece un extraño estuche-fetiche semiabierto, de vagas implicaciones sexuales, que retoma un motivo ya presente en sus primeros cuadros surrealistas de finales de los años veinte.
Finalmente, siguiendo la lógica de las yuxtaposiciones más inesperadas que definía todo su método, el artista incluye en la composición una llave real, levantada sobre el plano de la imagen de manera que proyecta una sombra que, sin embargo, podría también estar simplemente pintada, jugando así con la ambigüedad entre objeto real y representación que tanto fascinaba al pintor.
La galería de Julien Levy, marchante y coleccionista neoyorquino, desempeñó un papel decisivo en la introducción del surrealismo europeo en Estados Unidos durante los años treinta, exhibiendo por primera vez en el país obras de Dalí, Max Ernst o Man Ray ante un público americano todavía poco familiarizado con este tipo de imaginería. La buena acogida de esta primera exposición neoyorquina abriría a Dalí las puertas de un mercado y una fama que se prolongarían durante el resto de su carrera.
Este viaje marca además el inicio de la relación cada vez más estrecha del pintor con la sociedad y la cultura popular estadounidenses, que décadas más tarde lo llevarían incluso a colaborar con Hollywood y con la publicidad comercial, en una faceta de su carrera tan celebrada como discutida por parte de la crítica de arte más ortodoxa.
Conservada en el Salvador Dalí Museum de San Petersburgo, en Florida, esta obra permite observar el momento exacto en que Dalí, todavía joven pero ya plenamente consciente de su propio genio publicitario, empezaba a construir su imagen pública ante un continente entero.
Aquella primera visita a Nueva York, en la que Dalí y Gala llegaron a bordo del transatlántico Champlain, fue recibida por la prensa estadounidense con una mezcla de fascinación y desconcierto: los periódicos locales cubrieron con gran despliegue las extravagantes declaraciones del pintor y su forma de vestir, sentando así, ya desde este primer viaje, las bases de la relación entre Dalí y los medios de comunicación de masas que definiría buena parte de su carrera posterior, mucho antes de que ese tipo de estrategia publicitaria fuera algo habitual entre los artistas de vanguardia.
El éxito comercial de esta primera exposición neoyorquina, con varias obras vendidas a coleccionistas locales, confirmó además a Dalí que el mercado del arte americano ofrecía posibilidades económicas muy superiores a las que hasta entonces había encontrado en el círculo surrealista parisino, cada vez más dividido por tensiones ideológicas internas.
Con el paso de los años, Dalí regresaría a Estados Unidos en numerosas ocasiones, hasta convertirse en una de las figuras más reconocibles del arte europeo en suelo americano, mucho antes de que su fama alcanzara las dimensiones planetarias de sus últimas décadas de vida.