1929
Óleo y collage sobre cartón, 44,4 x 30,3 cm Colección particular

El juego lúgubre (o Juego funesto) – Salvador Dalí, 1929, Surrealismo

Las teorías freudianas habían atraído el interés de Dalí desde sus años en la Academia de San Fernando, época a la que se remonta su lectura de La interpretación de los sueños, y toda su obra posterior es un gran fresco visionario sobre el que el médico vienés no deja de proyectar su sombra. Fobias infantiles, opresivos sentimientos de culpabilidad, despojos de imágenes religiosas y omnipresentes alegorías sexuales forman el entorno, en este cuadro, de lo que se identifica como un autorretrato del propio artista: la cabeza flotante en el centro de la escena, con el gran párpado cerrado y el saltamontes posado en el lugar donde tendría que estar la boca, aquí sustituida por unos pliegues de la piel.

Extrañas volutas la unen sólidamente, como si fuesen bridas de carne, a las formas materializadas de sus propios sueños. Entre ellas, una mano que sostiene entre los dedos un cigarrillo, en referencia al padre del pintor, del que Dalí decía que estaba siempre fumando; nalgas femeninas de vivo color rojo; y una serie de sombreros con ala de aire burgués. Llama especialmente la atención, a la izquierda, la estatua sobre el pedestal, que recuerda a las de Giorgio de Chirico, cuya hipertrófica mano derecha es una referencia a la masturbación y al doloroso sentimiento de culpa que la acompaña, explicitado por la otra mano, que se alza para cubrir el rostro, como se hace cuando se siente vergüenza.

Abajo a la derecha aparece la figura más perturbadora de todo el cuadro: un hombre con barba, cuyos calzoncillos manchados de excrementos inquietaron incluso a una persona de sólida capacidad de autodominio como Gala Éluard, que con una expresión terrible en el rostro oprime con firmeza en el puño un pañuelo ensangrentado, símbolo del terrible castigo que, en las angustiosas fantasías del autor, atrae sobre sí la práctica de la castración.

Esta obra se pintó precisamente en el verano de 1929, durante la estancia de Dalí en Cadaqués, en la que el pintor recibió la visita del poeta Paul Éluard y de su esposa Gala, un encuentro que resultaría decisivo tanto para su vida personal como para el rumbo de toda su carrera posterior. Ese mismo año, además, Dalí colaboraba con su amigo Luis Buñuel en la película Un perro andaluz, y el círculo surrealista parisino, encabezado por André Breton, acogía con entusiasmo la incorporación del joven pintor catalán al movimiento.

El cuadro, con su carga explícitamente escatológica y sexual, causó de hecho un notable escándalo entre los amigos y familiares de Dalí en Cadaqués, y contribuyó a distanciar al pintor de su propio padre, que llegó a expulsarlo temporalmente de la casa familiar por el contenido de estas imágenes, en un episodio biográfico bien documentado que marcaría profundamente los años siguientes del artista.

Conservada en una colección particular, esta pintura sigue considerándose hoy una de las obras fundacionales del Dalí plenamente surrealista, el punto de partida de todo un lenguaje simbólico que desarrollaría durante la década siguiente.

El propio André Breton, tras conocer esta y otras obras del mismo periodo, escribió un texto elogioso sobre Dalí que le abrió las puertas de la primera exposición individual del pintor en la galería Goemans de París, celebrada en noviembre de 1929, apenas unos meses después de su regreso de Cadaqués. Aquella muestra consolidó de la noche a la mañana la reputación de Dalí dentro del círculo surrealista parisino, hasta entonces todavía un ambiente cerrado y desconfiado frente a los recién llegados.

La ruptura con su padre, notario de profesión y hombre de ideas conservadoras, se prolongaría durante años y solo se resolvería parcialmente con el tiempo; el propio Dalí llegaría a representar años después, en otra obra, el episodio de su expulsión del hogar familiar, convirtiendo así aquel doloroso conflicto biográfico en material directo para su propia mitología personal como artista.