Diego Velázquez - La infanta Margarita
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- Diego Velázquez obras de arte
Año 1655
Óleo sobre lienzo, 115 x 91 cm Madrid, Fundación Casa de Alba
Movimiento artístico: Barroco

Antes de convertirse en la protagonista silenciosa de Las Meninas, la infanta Margarita Teresa de Austria ya había posado para Velázquez en este pequeño lienzo que hoy custodia la Fundación Casa de Alba en Madrid. La niña tenía apenas tres años cuando el pintor la retrató, y el resultado es, según buena parte de la crítica, el primero de los siete retratos que Velázquez le dedicó a lo largo de su corta vida como modelo de corte. Es, en cierto sentido, el punto de partida de toda una serie que terminaría convirtiéndose en una de las cumbres de la pintura europea.
Margarita nació el 12 de julio de 1651, hija de Felipe IV y de su segunda esposa, Mariana de Austria, la misma reina que Velázquez había retratado poco antes. Desde su nacimiento, la infanta estuvo destinada a un matrimonio político con su tío Leopoldo I de Habsburgo, futuro emperador del Sacro Imperio, un enlace que finalmente se celebraría en 1666. Los sucesivos retratos que Velázquez fue pintando de ella, año tras año, no respondían solo al cariño de un padre hacia su hija sino a una necesidad diplomática muy concreta, que la corte vienesa pudiera ver crecer a su futura emperatriz a través de la pintura, mucho antes de conocerla en persona.
En este primer retrato, la niña aparece de pie, con la mano derecha apoyada sobre una mesita donde se distingue un búcaro de cristal con flores, rosas, lirios, margaritas, un detalle que algunos estudiosos interpretan como un juego discreto con su propio nombre. ¿Casualidad o guiño deliberado del pintor? Probablemente nunca lo sepamos con certeza, pero la delicadeza del detalle encaja bien con la sensibilidad de Velázquez hacia los objetos que rodean a sus modelos.
Lo verdaderamente notable de la obra es cómo Velázquez logra colarse entre el formalismo rígido de la etiqueta española, que obligaba a vestir a los príncipes desde muy pequeños con guardainfantes y trajes de adulto en miniatura, y capturar al mismo tiempo algo genuinamente infantil. Hay en el rostro de Margarita una mezcla de fastidio contenido y curiosidad, la expresión de una niña que sabe que debe estarse quieta pero que en cualquier momento podría perder la paciencia. Esa tensión entre el protocolo y la vida real es, quizás, el verdadero tema del cuadro, más incluso que el parecido físico.
Técnicamente, la pincelada vibrante con la que Velázquez resuelve la alfombra, la tela que cubre la mesa y el vestido de la infanta ha llevado a más de un historiador del arte a señalar un parentesco sorprendente con la pintura de Renoir, dos siglos y medio antes de que el impresionismo existiera como movimiento. Los reflejos suavemente sombreados, la manera de extender el color en pequeñas manchas que el ojo funde a distancia, anticipan procedimientos que solo se teorizarían mucho después en Francia. Velázquez no necesitaba una escuela que se lo explicara, había llegado allí solo, observando.
Conviene recordar que este cuadro forma parte de una serie que documenta, año a año, el crecimiento de la infanta hasta su adolescencia, un archivo pictórico único en la historia del arte occidental. Ningún otro pintor del siglo XVII dejó un seguimiento tan continuo y tan íntimo de una misma niña convertida progresivamente en mujer y en emperatriz. Cada retrato añade una capa de dominio técnico distinta, y este primero, sencillo en apariencia, contiene ya todos los elementos que Velázquez perfeccionaría en las versiones posteriores, la luz difusa, la atención al gesto espontáneo, el respeto por la individualidad del modelo por encima del protocolo cortesano.
Frente a este lienzo, resulta difícil no preguntarse qué pensaba realmente esa niña de tres años mientras el pintor más importante de la corte trabajaba en su rostro. La respuesta, claro, se ha perdido para siempre, pero la pintura conserva algo de esa mirada intacta, curiosa y un poco desafiante, que ningún documento escrito de la época podría haber transmitido con la misma fuerza. Ahí radica, probablemente, el motivo por el que estos retratos infantiles de Velázquez siguen conmoviendo a quien los observa hoy, casi cuatro siglos después de haber sido pintados.