Francisco de Goya - El aquelarre
- Detalles
- Francisco de Goya obras de arte
18214823
Óleo sobre pared, trasladado a lienzo, 140 x 438 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

Es una de las Pinturas negras de la pieza de la planta baja, en la Quinta del Sordo. No mencionaremos las interpretaciones de tema tan misterioso: digamos que en las pinturas de la planta baja hay, además de una homogeneidad de tonalidades pardonegras, un posible denominador común temático ligado a la figura de Saturno, símbolo de la vejez y la melancolía, de la magia y la destrucción. Por ello, el macho cabrío podría aludir al signo zodiacal de Capricornio, que está bajo la influencia de Saturno.
Sin duda la representación de la muchedumbre deshumanizada, tema predilecto y descubrimiento sociopsicoanalítico de Goya, alcanza aquí y en La romería de San Isidro el máximo furor expresivo. La relación con la tela homóloga pintada en 1798 para el despacho de la duquesa de Osuna destaca el cambio de registro, que entonces era cómico, sazonado de sabrosas invenciones horripilantes, y ahora desemboca en el talante trágico de esta larga tira de tinieblas y abismo.
En la tonalidad completamente negra del mural se encienden, como si crepitaran, los blancos ojos de los magos de largos cabellos, de las brujas de rostros deformes, apiñadas en semicírculo, ante la figura demoníaca que apostrofa a la turba, sacudida por una agitación febril. La figura femenina apartada, elegantemente vestida y sin rostro, ha llamado la atención de los estudiosos, que han planteado la hipótesis de que Goya hubiera ocultado en ella a su joven compañera Leocadia, impasible espectadora de sus íncubos.
Las Pinturas negras, a las que pertenece esta obra, fueron realizadas por Goya directamente sobre los muros de su propia casa, la Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823, sin encargo alguno y probablemente sin intención de exhibirlas jamás en vida, lo que las convierte en el testimonio más íntimo y personal de todo su corpus artístico, ya al final de su carrera, sordo y aislado, poco antes de exiliarse voluntariamente en Burdeos. Los murales fueron trasladados de la pared original a lienzo ya en la década de 1870, por encargo del barón Émile d'Erlanger, y expuestos por primera vez en la Exposición Universal de París de 1878, antes de ingresar finalmente por donación en el Museo del Prado.
El propio título de El aquelarre, aplicado a esta obra ya en el siglo XIX por comentaristas posteriores y no por Goya mismo, responde a la lectura tradicional de la escena como representación de un macho cabrío satánico presidiendo una asamblea de brujas, iconografía con profundas raíces en el folclore y la literatura españolas de siglos anteriores. Esta versión tardía de la Quinta del Sordo contrasta deliberadamente con el tratamiento mucho más ligero y decorativo que el propio Goya había dado al mismo tema casi un cuarto de siglo antes, en el cartón para tapiz encargado por la duquesa de Osuna, revelando el abismo que separaba al joven pintor cortesano de éxito del anciano atormentado y desengañado de sus últimos años. El propio emplazamiento original de estas pinturas, los muros interiores de una vivienda privada nunca abierta al público durante la vida del pintor, plantea todavía hoy preguntas sin resolver sobre las verdaderas intenciones de Goya al concebir un ciclo decorativo de tal densidad simbólica y oscuridad temática para su propio uso personal. La ausencia total de contexto narrativo explícito en esta escena, a diferencia de la versión decorativa de 1798, obliga al espectador a enfrentarse directamente con la pura fuerza expresiva de las formas y los rostros, sin la mediación tranquilizadora de una anécdota reconocible que explique lo que está sucediendo. Esta desnudez narrativa resulta, paradójicamente, mucho más perturbadora que cualquier anécdota explicativa habría logrado.