Año 1565-1567
Temple al huevo sobre tabla, 40 x 43 cm Atenas, Museo Benaki
Movimiento artístico: Manierismo

La Adoración de los Reyes – El Greco, 1565-1567, Manierismo

Antes de convertirse en El Greco, el pintor que conocemos hoy con ese sobrenombre castellano firmaba sus obras como Doménicos, su nombre de pila griego, Domenikos Theotokopoulos, escrito en minúsculas griegas sobre el escalón inferior del templo representado en esta pequeña tabla. Esa firma, «Χείρ Δομήνιχου», que significa literalmente «mano de Doménicos», resultó decisiva décadas después para que los historiadores del arte pudieran atribuirle con seguridad todo un corpus de obras firmadas del mismo modo, reconstruyendo así la etapa cretense de su carrera, la menos conocida y documentada de toda su trayectoria.

Pintada en Candía, la actual Heraclión, sobre una tabla que formaba parte de un antiguo arcón, esta Adoración de los Reyes representa a la Virgen sentada en los peldaños de una iglesia de aire renacentista, extendiendo al Niño hacia uno de los Magos arrodillados ante ella. Jesús levanta con curiosidad infantil la tapa del cofre de oro que el rey le ofrece, mientras José, apoyado en su bastón detrás de María, observa la escena con gesto contemplativo. Los otros dos Magos, uno de ellos de piel negra, ataviados con túnicas fastuosas y coronas doradas, completan el homenaje con jarras y vasijas preciosas, en una composición animada además por soldados y criados que intentan dominar a tres corceles nerviosos.

¿Qué distingue esta obra temprana del resto de la producción de El Greco, tan asociada en la memoria colectiva a Toledo y a España? La respuesta está en su lenguaje formal, todavía profundamente anclado en la tradición de los iconos postbizantinos que se producían en los talleres cretenses de la época, pero ya visiblemente en tensión con las novedades del arte italiano. La luminosidad general de la escena, reforzada por el brillo del oro en los objetos, el bronce de las armaduras y la riqueza de las telas, revela la influencia de modelos venecianos y paduanos, en particular de Tiziano y de Parmigianino, que el joven Doménicos conocía a través de los grabados que circulaban abundantemente en los talleres pictóricos de Creta.

El edificio antiguo en ruinas que enmarca la escena, con sus columnas de capiteles decorados con hojas de acanto y su gran cúpula abierta al cielo, funciona como un símbolo elocuente, la decadencia de la religión pagana clásica frente a la nueva esperanza que representa el nacimiento de Cristo. Al fondo, apenas esbozada mediante líneas concisas, se distingue una ciudad amurallada que podría representar Belén, un detalle que revela ya la atención de Doménicos por el paisaje urbano como telón de fondo simbólico, un interés que reaparecería después, transformado radicalmente, en sus célebres vistas de Toledo.

Esta tabla marca un momento de transición estilística fundamental, el instante en que el pintor cretense empieza a superar el hieratismo bizantino de su formación inicial para adherirse a los modelos del Renacimiento italiano, un giro decisivo hacia occidente que se completaría poco después con su traslado a Venecia. La cierta torpeza que todavía se aprecia en las proporciones entre las figuras y la arquitectura, lejos de ser un defecto que deba disculparse, documenta con precisión el proceso mismo de aprendizaje y transformación artística que llevaría a Doménicos, el icono griego, a convertirse en El Greco, uno de los pintores más originales de toda la historia del arte español.

El descubrimiento y la correcta atribución de este pequeño grupo de obras firmadas por Doménicos cambiaron radicalmente la comprensión moderna del pintor. Durante generaciones, la crítica había tendido a explicar el estilo tan personal de El Greco, con sus figuras alargadas y su color intenso, casi exclusivamente a través de su formación posterior en Italia y de su asentamiento definitivo en Toledo, dejando en la sombra la etapa cretense. Obras como esta Adoración demuestran, sin embargo, que las raíces bizantinas de su formación inicial nunca desaparecieron del todo, sino que se fusionaron con las novedades venecianas y, más tarde, con la propia tradición española, para dar lugar a un lenguaje pictórico verdaderamente único, imposible de reducir a una sola influencia dominante.

Contemplada hoy en el Museo Benaki de Atenas, esta pequeña tabla permite al visitante asistir al nacimiento mismo de un genio artístico, todavía dubitativo en sus proporciones pero ya inconfundiblemente personal en su tratamiento de la luz y en la intensidad expresiva de cada rostro, cualidades que Doménicos llevaría después, multiplicadas y transformadas, a los grandes lienzos toledanos que lo harían inmortal bajo el nombre de El Greco.