Pablo Picasso - Autorretrato (1901)
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- Pablo Picasso obras de arte
1901
Oleo sobre cartón montado sobre madera,
51,4 x 36,8 cm
Nueva York, The Museum of Modern Art, Mrs. John Hay Whitney Bequest
©2003, Digital Image, The Museum of Modern Art, Nueva York / Scala, Florencia

¿Qué mira Picasso con esos ojos tan desmesuradamente abiertos? Pintado apenas unos meses después de instalarse en París por segunda vez, este autorretrato capta a un joven de diecinueve años en un momento de honda transformación personal y artística. 1901 es el año en que Picasso atraviesa el duelo por la muerte de su amigo Carles Casagemas, que se había quitado la vida en febrero de aquel mismo año en un café parisino tras una desengañada historia de amor. Aunque el cuadro no representa esa tragedia de manera explícita, el clima de introspección y la mirada casi hipnótica del artista sobre sí mismo anticipan ya el tono melancólico que dominará su obra durante los años siguientes.
Picasso multiplica los autorretratos en estos meses: los hace al carboncillo, a la tinta, al óleo sobre cartón, como si necesitara fijar de manera obsesiva su propia imagen en un momento de incertidumbre económica y afectiva. En uno de esos dibujos se representa a sí mismo rodeado de la inscripción Yo el Rey, Yo el Rey, Yo el Rey, Yo el Rey..., una frase que revela tanto su ambición personal como la soledad y el carácter independiente que lo acompañarán durante toda su carrera.
Técnicamente, esta obra se resuelve con una economía de medios muy característica del joven Picasso: el rostro y los ojos, tratados con una precisión casi fotográfica, contrastan con el resto de la figura, apenas abocetada, como si el pintor hubiera concentrado toda su energía expresiva en la mirada. Ese contraste entre lo acabado y lo sugerido es, en sí mismo, una declaración de intenciones: lo que importa no es la anécdota descriptiva, sino la intensidad psicológica del personaje representado.
En junio de ese mismo 1901, el marchante Ambroise Vollard organiza en su galería parisina la primera exposición individual de Picasso, un episodio decisivo para su carrera que coincide con la progresiva adopción de la gama de azules que dará nombre a su célebre época azul. En esos meses, la pintura de Van Gogh, la de Toulouse-Lautrec y el expresionismo de artistas como Edvard Munch, todos ellos vistos de primera mano en París, dejan una huella visible en la paleta y en la carga emocional de sus retratos.
Este autorretrato de 1901 se sitúa así en un punto de inflexión: todavía conserva ecos de los autorretratos que Picasso había pintado apenas dos años antes evocando a El Greco o a Munch, pero ya empieza a distanciarse de ellos hacia una introspección más personal. El autorretrato dramático que pintará en 1902, de regreso a Barcelona, con los rasgos demacrados y una gama de azules cada vez más oscura, y el que realizará en París en el otoño de 1906, ya en la antesala del cubismo, muestran hasta qué punto Picasso utilizó su propio rostro como campo de experimentación constante a lo largo de toda su vida.
Conservado hoy en el Museum of Modern Art de Nueva York, este pequeño óleo sobre cartón sigue siendo una de las imágenes más elocuentes de un artista de apenas diecinueve años que ya sabía mirarse, y hacer mirar, con una intensidad fuera de lo común.
La llamada época azul, que esta obra anticipa, se prolongará hasta 1904 y estará dominada por temas de pobreza, soledad y marginalidad social, mendigos, ciegos, familias sin hogar, representados casi siempre bajo esa misma gama fría de azules que da nombre al periodo. Lejos de ser un simple recurso decorativo, esa elección cromática responde a un estado de ánimo muy concreto del joven Picasso, todavía sin el reconocimiento y la estabilidad económica que llegarían pocos años después con la consolidación del cubismo. Este autorretrato, pintado en el umbral mismo de esa etapa, permite observar el instante exacto en que el pintor empieza a mirar hacia dentro de sí mismo con una honestidad que marcará el resto de su trayectoria artística.