Picasso - Copa, ramo de flores, guitarra y botella
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- Pablo Picasso obras de arte
1919
Óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm Berlín, Sammlung Berggruen, Staatliche Museen zu Berlín, Preussischer Kulturbesitz

Para su primera estancia estival en la Costa Azul al acabar la Primera Guerra Mundial, en 1919, Picasso eligió Saint-Raphaël. Tomó una habitación en un hotel frente al mar; dondequiera que fuese, el pintor buscaba siempre lugares luminosos en los que pudiera trabajar con comodidad. En esa habitación pintó varios lienzos, sobre todo naturalezas muertas ante la ventana, bañando los objetos y el propio cuadro de una luz clara y violenta.
Como en su día había hecho Matisse, la ventana se convierte aquí en un fondo perfecto, abierto al exterior. La mesa, llena de objetos, no está en esta composición delante de una ventana abierta como en otras obras del mismo verano. Mientras que Naturaleza muerta ante la ventana en Saint-Raphaël se tiñe de una luz blanca y abarcadora, cercana a la que utilizaban los surrealistas años después, en este caso es el color el que prevalece con fuerza propia.
Los objetos, de colores brillantes y saturados, emulan la técnica del collage que Picasso había desarrollado años antes junto a Braque: se diría, en efecto, que el ramo de flores se hubiera realizado en otro momento y sobre otro soporte, y luego se hubiera pegado sobre el lienzo. La superficie del cuadro está tratada con rigidez y sin apenas profundidad: todo parece aplanado en primer plano, a diferencia de otras obras de esta misma época, en las que por primera vez un fondo de aire más realista empieza a dar profundidad a la composición.
Este mismo año, Picasso trabajaba también, una vez más, para los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, diseñando decorados y vestuario para El sombrero de tres picos, estrenado en Londres pocos meses antes. Ese doble compromiso, entre la pintura de caballete y el mundo del espectáculo, es característico de todo este periodo de posguerra, en el que Picasso alternaba de manera consciente y deliberada un estilo cubista, como el de esta naturaleza muerta, con un lenguaje neoclásico mucho más figurativo en sus retratos y composiciones de aquellos mismos años.
Esta convivencia de dos lenguajes aparentemente opuestos dentro de la obra de un mismo artista, y a menudo dentro del mismo periodo de meses, es uno de los rasgos más originales y menos comprendidos en su momento de toda la producción de Picasso entre 1917 y 1924, y solo con el tiempo la crítica llegaría a valorarla como una muestra más de su libertad creativa, y no como una simple indecisión estilística.
Conservada en la Sammlung Berggruen de Berlín, esta obra permite observar con claridad ese lenguaje cubista tardío, ya libre de la severidad de la década anterior y abierto a una nueva alegría cromática propia de la posguerra.
El estreno de El sombrero de tres picos en el Alhambra Theatre de Londres, en julio de 1919, con música de Manuel de Falla y coreografía de Léonide Massine, fue recibido como uno de los grandes éxitos de la temporada de los Ballets Rusos en la capital británica, y los decorados y trajes diseñados por Picasso, inspirados en la tradición popular andaluza, contribuyeron decisivamente a esa acogida entusiasta, muy alejada del escándalo que había provocado apenas dos años antes el estreno parisino de Parade.
Este contraste entre la buena recepción de sus trabajos escénicos, cada vez más figurativos y accesibles al gran público, y la continuidad de su lenguaje cubista más hermético en la pintura de caballete, resume con precisión la doble vida artística que Picasso llevó durante toda esta etapa de posguerra, alternando sin ningún conflicto aparente registros que a ojos de la crítica de la época parecían mutuamente excluyentes.