1917
Óleo sobre lienzo,
62 x 70 cm
París, Galería Adrien Maeght

Nord-Sud – Joan Miró, 1917, Surrealismo

El título de este bodegón no es casual: Nord-Sud era el nombre de una de las revistas de vanguardia más influyentes de París, dirigida por el poeta Pierre Reverdy entre 1917 y 1918, en cuyas páginas colaboraron artistas y escritores cercanos al cubismo. Que un joven pintor catalán de veinticuatro años, todavía formándose en Barcelona, tomara el nombre de esa publicación para bautizar una naturaleza muerta da la medida de hasta qué punto Miró seguía con avidez, incluso a distancia, todo lo que ocurría en el epicentro artístico europeo.

En aquellos años, las noticias de las vanguardias parisinas llegaban a Miró sobre todo a través de revistas como esta y como 391, publicada por el propio Picasso, así como del contacto directo con los círculos más avanzados de Barcelona, entre ellos la galería del marchante Josep Dalmau, uno de los primeros espacios de España en exponer obra cubista. Barcelona vivía entonces una tensión característica de la época: por un lado, el peso de las academias y de una tradición pictórica todavía apegada al naturalismo; por otro, un deseo creciente de abrirse a las novedades del siglo XX que llegaban del extranjero.

En esta obra, Miró recurre a uno de los géneros más antiguos de la pintura, el bodegón, pero lo trata con una libertad compositiva que ya anuncia parte de su lenguaje futuro. Los objetos dispuestos sobre la mesa siguen una organización casi circular, alejada de la perspectiva tradicional, en la que cada elemento parece flotar en un espacio propio antes que obedecer a una lógica espacial única. Esa disolución progresiva de la perspectiva clásica es uno de los primeros síntomas del alejamiento de Miró respecto de la pintura académica que había estudiado en su juventud.

¿Qué hace única a esta pequeña obra dentro del conjunto de la producción mironiana? Sobre todo, su condición de bisagra: en ella conviven todavía la observación directa del objeto cotidiano, heredada del bodegón tradicional, y una primera voluntad de estilización que remite, de manera libre, tanto al arte popular catalán como al gusto por el collage y la palabra escrita que Miró compartía con los poetas de su generación. No es casual que el propio Miró cultivara siempre una relación muy estrecha con la literatura y la música, y que buena parte de sus títulos, como este mismo, remitan a publicaciones, canciones o versos que lo acompañaron a lo largo de su vida.

Pintada apenas dos o tres años antes de su primer viaje a París, en 1920, esta obra permite observar a un Miró todavía en plena formación, ensayando distintos lenguajes antes de encontrar la voz personal, poblada de signos y símbolos, que lo convertiría en una de las figuras centrales del surrealismo europeo. Conservada en la Galería Adrien Maeght de París, la pintura conserva intacta esa cualidad de laboratorio: la de un artista joven que experimenta, observa y absorbe, a la espera del salto definitivo hacia su propio universo pictórico.

Estas primeras obras de Miró, realizadas antes de su instalación definitiva en París en 1920, resultan hoy mucho menos conocidas para el gran público que sus composiciones surrealistas de madurez, pobladas de estrellas, mujeres y pájaros esquemáticos. Sin embargo, resultan imprescindibles para comprender el largo proceso de maduración que atravesó el artista: lejos de llegar al surrealismo de manera repentina, Miró construyó su lenguaje personal a partir de un diálogo constante con la tradición pictórica catalana, el cubismo parisino y el arte popular, un recorrido del que este pequeño bodegón es uno de los testimonios más elocuentes.

El interés de Miró por la prensa de vanguardia y por el diálogo entre las artes plásticas y la literatura seguirá siendo, de hecho, una constante a lo largo de toda su carrera, mucho después de que abandonara Barcelona rumbo a París.