1937-1938
Lápiz y óleo sobre lienzo, 146 x 97 cm Nueva York, The Museum of Modern Art © 2004, Digital image, The Museum of Modern Art, Nueva York / Scala, Florencia

Autorretrato I – Joan Miró, 1937-1938, Surrealismo

Pintado en plena Guerra Civil española, mientras Miró vivía exiliado en París desde 1936, este autorretrato cierra el ciclo de obras que el propio artista y la crítica posterior conocen como las pinturas salvajes, un conjunto marcado por una violencia formal y cromática muy distinta de la ligereza poética que se asocia habitualmente a su nombre. ¿Cómo transmitir en un lienzo la tensión de vivir lejos de un país desgarrado por la guerra? Miró encontró una respuesta muy personal: trabajar durante meses ante el espejo, observando y reelaborando obsesivamente su propio rostro.

Para lograr ese efecto de intensidad casi visionaria, el artista combina el óleo con el lápiz, una técnica mixta que aporta a la superficie una calidad transparente, casi radiográfica. El resultado es una imagen en la que el espectador tiene la sensación de atravesar la piel del propio pintor y de acceder directamente a su tensión psíquica: el rostro parece iluminado desde dentro, como si la pintura pusiera al desnudo el estado de ánimo de Miró en aquellos años tan difíciles.

Aquellos fueron, efectivamente, años de compromiso explícito para el artista con la causa de la República española. En 1937, Miró participó con su obra El Segador en el pabellón español de la Exposición Internacional de París, el mismo espacio en el que se exhibió por primera vez el Guernica de Picasso, otro testimonio de cómo la generación de artistas españoles exiliados puso su arte al servicio de aquella causa en unos meses decisivos.

Los grandes ojos, muy abiertos, que dominan la composición, pueden leerse como una declaración de voluntad: la de un artista que, pese a la angustia del momento, se aferra a la certeza de que el arte, la poesía y la música seguirán ofreciéndole vías de expresión y de esperanza. No es casual que, años más tarde, en 1960, Miró decidiera encargar una reproducción fotográfica de este mismo autorretrato para intervenir directamente sobre ella, superponiendo un rostro de trazo deliberadamente infantil y esquemático.

Esa intervención tardía, que enfrenta sobre una misma superficie al Miró atormentado de finales de los años treinta y al Miró lúdico e irónico de madurez, revela hasta qué punto el propio artista era consciente de la distancia recorrida entre ambos momentos de su vida y de su obra. A través de la autoironía y de una libertad formal cada vez mayor, aquel hombre que en 1937 se retrataba a sí mismo con tanta gravedad parece haber encontrado, décadas después, una manera de liberarse del peso de aquella etapa sombría sin renunciar a su memoria.

Conservado en el Museum of Modern Art de Nueva York, este autorretrato sigue siendo hoy una de las imágenes más intensas y directas de todo el periodo de entreguerras, un testimonio pictórico excepcional de cómo un artista puede convertir la propia introspección en una forma de resistencia frente a la historia.

A diferencia de otros grandes maestros del siglo XX, el autorretrato no fue un género frecuente en la producción de Joan Miró, mucho más volcada hacia paisajes, bodegones y las composiciones pobladas de signos y figuras esquemáticas por las que se le conoce en todo el mundo. Esa rareza convierte a esta obra en un documento especialmente valioso: un momento excepcional en el que el artista, habitualmente reacio a la introspección explícita, decide volver la mirada sobre sí mismo con una intensidad que no volverá a repetir en el resto de su trayectoria.

Basta compararlo con los escasos autorretratos que realizó en otras etapas de su vida para comprender el carácter singular y casi excepcional de esta obra dentro de su extensa e incesante producción pictórica.