Miguel Ángel - La embriaguez de Noé
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- Miguel Ángel obras de arte
Año 1508-1509
Fresco, 170 x 260 cm Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos, Capilla Sixtina
Movimiento artístico: Alto Renacimiento

El primer hombre que plantó una viña sobre la tierra tras el Diluvio Universal aparece aquí, pocas escenas después, tendido en el suelo, desnudo y ebrio de su propio vino. La Embriaguez de Noé no es solo la última de las nueve historias del Génesis que Miguel Ángel pintó en la franja central de la bóveda Sixtina: es también la puerta de entrada a todo el ciclo, el punto donde comienza -o termina, según se mire- el recorrido narrativo más ambicioso de toda la pintura renacentista.
Conviene entender primero el extraño juego de espejos con el que Miguel Ángel organizó la lectura de sus nueve escenas: dispuestas cronológicamente desde la Creación hasta Noé, el artista invirtió deliberadamente el orden de contemplación, de modo que quien entraba en la capilla por su puerta original -hoy situada junto al altar- veía primero esta escena de Noé y avanzaba hacia la Creación de Adán al fondo. ¿Por qué invertir así la cronología bíblica? Porque ese recorrido físico del visitante, desde el pecado y la degradación humana hacia el momento originario de la Creación, replicaba simbólicamente el propio camino de purificación espiritual que la liturgia católica proponía a quien entraba en el espacio sagrado.
La escena desarrolla en realidad un tema doble. A la izquierda, Noé trabaja plantando su viña; en el centro, recoge el vino en una gran tina; y a la derecha, ya ebrio tras beberlo, se queda dormido, mostrando su desnudez sin pudor alguno. Uno de sus tres hijos, Cam, lo descubre en ese estado y, lejos de proteger el pudor paterno, se burla de él y llama a sus hermanos para que también se rían. Sem y Jafet, en cambio, actúan con la piedad filial que su hermano menor no tuvo: se acercan sin mirar directamente y cubren la desnudez de su padre, uno convenciendo al otro de apartar la vista mientras el segundo, con la cabeza vuelta -probablemente Sem, del que descendería Abraham-, extiende la tela sobre el cuerpo dormido. Noé, al despertar, maldeciría a Cam y a toda su descendencia, y bendeciría en cambio a los dos hijos respetuosos, un episodio bíblico que sentaría las bases simbólicas de linajes enteros.
La tradición patrística, desde los tiempos de san Agustín, había interpretado siempre este episodio con una lectura mucho más rica que la simple condena moral de la embriaguez como nueva caída en el pecado tras el Diluvio purificador. Noé, como primer hombre en fabricar vino, prefiguraba la sangre eucarística de Cristo; y la burla que sufrió a manos de su propio hijo anticipaba el escarnio que Jesús padecería siglos después a manos de sus verdugos. El tema, por tanto, no es tanto la caída de un patriarca ebrio como la doble prefiguración -del sacramento y de la Pasión- que su historia encerraba para los ojos entrenados de un espectador cristiano del Renacimiento.
Esta escena cierra, además, un ciclo narrativo completo y abre otro nuevo: tras ella, la franja central de la bóveda concluye, y la narración prosigue en los triángulos y lunetos laterales con la larga serie de los antepasados hebreos de Cristo, marcando el inicio simbólico de la espera del Mesías que la humanidad, apenas redimida del Diluvio pero ya de nuevo obstinada en el mal, tendría que sostener durante generaciones antes de alcanzar la nueva alianza definitiva con Dios.
Formalmente, la escena resulta también reveladora del propio proceso creativo de Miguel Ángel al enfrentarse por primera vez a la técnica del fresco: pintada en la primera fase del proyecto, cuando el artista todavía trabajaba acompañado de colaboradores llegados de Florencia, las figuras de esta escena son notablemente más pequeñas y numerosas que las de episodios posteriores, resueltas con un grado de detalle narrativo que el propio Miguel Ángel iría abandonando progresivamente a medida que ganaba confianza y avanzaba hacia composiciones más monumentales y sintéticas, hasta llegar a la extrema economía formal de la Creación de Adán, situada, no por casualidad, en el otro extremo cronológico y físico de todo el ciclo.