Año 1632
Óleo sobre lienzo, 125 x 98 cm Madrid, Museo Nacional del Prado
Movimiento artístico: Barroco

El tacto (El ciego Gambazo) – José de Ribera, 1632, Barroco

Un anciano ciego palpa con extremo cuidado la cabeza de una escultura, mientras sobre la mesa, a su derecha, descansa un lienzo con un rostro pintado. El gesto es de una delicadeza casi litúrgica: los dedos recorren cada rasgo del mármol como si leyeran un texto en un idioma que solo las manos, y no los ojos, pudieran descifrar. Pocas imágenes del Barroco español logran condensar tan bien la idea de que el conocimiento puede llegar por caminos distintos a la vista.

Durante siglos, este cuadro fue conocido como «El ciego de Gambazzo», identificado con el escultor Giovanni Gomelli, apodado precisamente il Gambazzo, cuya biografía recogió el cronista Filippo Baldinucci. La hipótesis, sin embargo, hace agua en cuanto se revisan las fechas con atención: en 1632, año en que Ribera firmó este lienzo, Gomelli tenía apenas 29 años, mientras que el hombre representado en el cuadro es visiblemente mucho mayor, con el rostro surcado por arrugas que hablan de décadas, no de juventud. ¿Quién es entonces este anciano de manos tan expertas? La investigadora Delphine Fitz Darby propuso una identificación alternativa: podría tratarse del filósofo griego Carnéades, quien, ya ciego, era capaz de reconocer al tacto un busto de Panisco, divinidad emparentada con el joven Pan. Esta lectura encajaría con el hecho de que el cuadro figura documentado, tanto en el inventario del Escorial de 1700 como en la descripción de 1764 del padre Ximénez, junto a otros retratos de filósofos y sabios, presentados como auténticos «héroes de las ciencias y las artes».

Pero el historiador Alfonso Pérez Sánchez ha sugerido una tercera vía, quizá la más convincente: que Ribera buscara deliberadamente una doble lectura, superponiendo al episodio erudito una alegoría directa del sentido del tacto. Esta hipótesis explicaría por qué el pintor concentra tanta intensidad expresiva en el rostro del anciano justo en el instante en que sus dedos recorren la piedra, como si el propio acto de tocar fuera, más que la anécdota narrativa, el verdadero tema del cuadro. No es casualidad que exista una composición muy similar -un ciego palpando una escultura, con la pintura de una cabeza sobre la mesa- en El Tacto de la temprana serie de los Cinco Sentidos que Ribera había pintado años atrás en su juventud romana, hoy conservada en Los Ángeles.

Hay además un dato fascinante sobre el propio modelo utilizado. El mismo rostro, los mismos rasgos, reaparecen en otro cuadro de Ribera, el Ciego con lazarillo del Oberlin College, lo que ha llevado a algunos estudiosos a plantear una posibilidad tan sencilla como conmovedora: que el pintor no recurriera a la imaginación ni a un modelo cualquiera, sino a un ciego real de la Nápoles de su tiempo, alguien con quien quizá coincidía por las calles y cuyo rostro le pareció lo bastante expresivo como para prestarle, en más de una ocasión, el papel de filósofo, de mendigo o de simple alegoría de un sentido.

La luz, entrando con fuerza desde la izquierda sobre un fondo neutro, envuelve al anciano en ese tenebrismo depurado y personal que Ribera había hecho suyo tras años de asimilar y superar el modelo caravaggesco original. El cuadro, documentado por primera vez en el inventario escurialense de 1764, pasó al Museo del Prado en 1837, donde hoy sigue planteando al espectador la misma pregunta silenciosa que el propio anciano parece hacerse con las manos: ¿qué formas tiene el conocimiento cuando le falta la vista?

Vale la pena pensar también en el propio momento histórico en que Ribera pintó esta obra: la Nápoles de principios de la década de 1630, ciudad donde el pintor gozaba ya de un prestigio absoluto y podía permitirse abordar temas tan sutiles como este, alejados del gran encargo eclesiástico o cortesano. En un siglo obsesionado con la vista como sentido supremo del conocimiento, subordinando todos los demás a la mera contemplación, Ribera propone aquí lo contrario: un hombre que conoce mejor que nadie el mundo que lo rodea precisamente porque ha aprendido a prescindir de los ojos, confiando en la memoria de las manos y en una atención mucho más lenta, más paciente, que cualquier vistazo fugaz jamás podría ofrecer.