Años 1777-1778
Óleo sobre lienzo, 269 x 285 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

La Cometa – Francisco de Goya, s 1777-1778, Romanticismo

La Cometa pertenece a una de las series más fascinantes de la producción temprana de Francisco de Goya: los cartones para tapices que el artista realizó para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, destinados a decorar las estancias de los palacios reales. Este lienzo en concreto formaba parte del encargo pensado para el comedor de los entonces príncipes de Asturias, el futuro Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma, un conjunto que Goya entregó el 26 de enero de 1778 tras meses de trabajo bajo la supervisión del pintor de cámara Anton Rafael Mengs, máxima autoridad artística de la corte española en aquellos años.

La escena muestra un grupo de majos, hombres del pueblo madrileño ataviados con sus característicos trajes de colores vivos y sus melenas recogidas en redecillas, entretenidos en la sencilla diversión de hacer volar una cometa. Es precisamente en la elección de este tipo de escenas costumbristas, protagonizadas por gente común en actitudes cotidianas y festivas, donde Goya empieza a distanciarse de la temática mitológica o alegórica habitual en la pintura decorativa del momento, para acercarse a una representación más directa y vital de la sociedad española de su tiempo.

Desde el punto de vista compositivo, Goya respeta en líneas generales el esquema piramidal que Mengs recomendaba como garantía de equilibrio y claridad visual, aunque introduce una novedad significativa respecto a obras inmediatamente anteriores como El quitasol: añade un segundo plano poblado de personajes secundarios, resueltos con una pincelada suelta y transparente, casi acuarelada, y un tercer plano paisajístico que se difumina en la distancia. Este recurso, aunque en cierto modo supone un regreso a soluciones compositivas más tradicionales, permite a Goya ensayar distintos grados de definición dentro de un mismo cuadro, un recurso que perfeccionará en obras posteriores.

La paleta general de la escena, cálida y dorada, se explica por la presencia de una amplia nube de polvo que ocupa buena parte del cielo y por una luz difusa que sugiere las horas centrales de la tarde. Ese tratamiento atmosférico, sumado a la atención con la que Goya detalla los trajes y las actitudes de los majos, entre los que destaca la figura vestida con chaqueta azul y alamares dorados, revela ya la extraordinaria capacidad de observación que el pintor aragonés desplegará, años más tarde, en registros mucho más sombríos y dramáticos.

¿Por qué siguen fascinando hoy estos cartones aparentemente decorativos? Porque, más allá de su función original como diseño para tapices, constituyen uno de los documentos visuales más ricos sobre las costumbres, los oficios y la vida popular de la España del siglo XVIII, además de mostrar a un joven Goya, todavía alejado de los conflictos personales y de la sordera que marcarán su madurez, en pleno dominio de un oficio que pronto pondrá al servicio de temas mucho más complejos.

Conservada en el Museo Nacional del Prado de Madrid, junto al resto de los cartones para tapices del artista, esta obra permite seguir paso a paso la evolución de uno de los pintores más determinantes de la historia del arte europeo, desde sus orígenes como decorador de palacios hasta su transformación en cronista implacable de su época.

Entre 1775 y 1792, Goya realizó para la Real Fábrica de Tapices más de sesenta cartones como este, destinados a las estancias de distintos palacios reales, entre ellos El Pardo y El Escorial. Aquel largo periodo de trabajo, a menudo condicionado por los gustos y exigencias de la corte, resultó decisivo en la formación del pintor: le permitió ensayar composiciones con numerosas figuras, experimentar con la luz natural y observar de cerca las costumbres populares madrileñas, un aprendizaje que después trasladaría, ya con un espíritu mucho más libre, a encargos de mayor ambición personal.