Año 1635
Oleo sobre lienzo, 67 x 54,5 cm San Petersburgo, Museo Estatal del Ermitage
Barroco español

El conde-duque de Olivares - Diego Velázquez, 1635, Barroco español

Este retrato del conde-duque de Olivares es probablemente el más sincero y desenfadado que Velázquez pintó del poderoso valido de Felipe IV. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, fue el hombre más influyente de España durante más de dos décadas, el arquitecto de la política imperial en su momento de mayor crisis. Pero aquí no vemos al estadista triunfante de los retratos oficiales de los años veinte. Vemos a un hombre agotado.

¿Qué ocurrió para que Velázquez lo pintara así? La respuesta está en el contexto histórico. Para 1635, Olivares cargaba con el peso de gobernar un imperio que se desmoronaba. Las guerras en Flandes, las revueltas internas, la crisis económica... todo se acumulaba sobre sus hombros. Y Velázquez, con su mirada implacable, lo capturó sin piedad pero sin crueldad.

El lienzo muestra un busto medio contra un fondo neutro gris plateado. El rostro de Olivares aparece hinchado, fatigado, claramente envejecido. La nariz está aplastada y la boca, con labios apretados y retraídos, sugiere una dentadura deteriorada. Esboza una sonrisa leve pero amarga, mientras que la mirada delata recelo, desconfianza. No es la pose de un hombre seguro de sí mismo, sino la de alguien que sabe que el tiempo y el poder se le escapan.

El significado de esta obra va más allá del simple retrato. Representa la decadencia física y moral de un régimen. Muchos críticos la consideran la imagen por antonomasia del declive del conde-duque. No es casualidad que, pocos años después, en 1640, el propio Olivares escribiera: "No me queda más aliento que para morir, en medio de tantas y tan profundas dificultades y adversidades". Velázquez parecía haber visto ese final años antes.

La técnica es magistral en su aparente simplicidad. Olivares viste un traje negro sencillo y una gorguera blanca. La paleta se reduce a pocos grises argentados y negros. El fondo gris plata se aviva con algunos toques amarillentos y verde oliva apenas perceptibles. Las mejillas del pálido rostro tienen una tonalidad gris casi fría, con un toque rojo apenas visible en los labios. Una cinta negra cubre la cruz de Alcántara bordada en el jubón, detalle que subraya la austeridad del conjunto. El cabello es castaño oscuro y la gorguera presenta un gris azulado.

¿Qué hace único a este retrato? A diferencia de las representaciones oficiales, cargadas de simbolismo y poder, esta obra muestra humanidad. Velázquez no idealiza, no embellece. Pinta lo que ve. Y lo que ve es un hombre exhausto. Esta honestidad brutal es lo que convierte al cuadro en una obra maestra psicológica, no solo artística.

El cuadro del Ermitage es, casi con toda seguridad, un estudio del natural que serviría para uso del taller. Se repite en versiones algo distintas en una miniatura sobre cobre conservada en el Palacio Real de Madrid y en diversos lienzos que, sin embargo, son simples copias u obras de taller. Este detalle es fascinante: sugiere que incluso los asistentes de Velázquez reconocían el valor de este estudio, copiándolo una y otra vez.

El contexto artístico es crucial. Estamos en pleno Siglo de Oro español, en el barroco maduro de Velázquez. El pintor sevillano ha desarrollado ya su estilo característico: pincelada suelta, economía de medios, psicología penetrante. Ya no necesita los detalles minuciosos de sus primeros años. Con pocos trazos, construye un personaje completo.

¿Por qué importa hoy este cuadro? Porque nos recuerda que el poder es efímero y que el arte puede ser más honesto que la historia oficial. Olivares cayó en desgracia en 1643, muriendo cuatro años después. Pero este retrato lo inmortalizó no como el poderoso valido, sino como el hombre que fue: frágil, cansado, humano. Esa es la grandeza de Velázquez: ver más allá de las apariencias y pintar la verdad, aunque sea incómoda.

El retrato del conde-duque de Olivares del Ermitage es, en el fondo, un testimonio excepcional de cómo el arte puede trascender la propaganda para convertirse en documento humano. No es solo un retrato barroco. Es un espejo del poder en su ocaso.