Año Hacia 1666
Óleo sobre lienzo, 121,5 x 166,5 cm Amsterdam, Rijksmuseum Firmado y fechado "REMBRANDT F 16(..)"

Isaac y Rebeca (La novia judía) – Rembrandt Harmenszoon van Rijn, hacia 1666, Barroco holandés

Como en el caso de muchas otras figuras pintadas por Rembrandt, no está del todo claro si se debe interpretar este cuadro como un retrato con disfraces o como una escena de historia para la cual el pintor se sirvió de dos modelos reales. Lo que sí es seguro es que el título tradicional con el que se suele denominar, La novia judía, induce a confusión: refleja una antigua convención según la cual los personajes representados serían un padre hebreo y su hija, y el abrazo que ambos intercambian sería un gesto de despedida ante el inminente matrimonio de ella.

En el cuadro, un hombre rodea los hombros de la mujer con el brazo izquierdo mientras posa la mano derecha sobre su pecho; ella responde a la caricia con un ligero toque de su propia mano. La intimidad de estos gestos no se ajusta con claridad a una relación paternofilial, y la hipótesis en la que hoy existe mayor acuerdo entre los especialistas es que se trata en realidad de un matrimonio, marido y mujer, retratados en un momento de ternura conyugal poco habitual en la pintura de la época.

La comparación de esta obra con un dibujo del propio Rembrandt ha permitido identificar con notable seguridad el modelo iconográfico de referencia para la composición: en ese folio se ven dos figuras en la misma actitud que las del cuadro y, detrás de ellas, un tercer personaje que las observa sin ser visto. El tema está tomado del Antiguo Testamento: el hombre que espía sería Abimelec, que descubre así la verdadera relación entre Isaac y Rebeca, a quienes había creído hermanos, pues así lo había afirmado el propio Isaac, temeroso de que alguien pudiera matarlo por causa de ella.

Esta obra, pintada en los últimos años de la vida de Rembrandt, ejerció una fascinación extraordinaria sobre generaciones posteriores de artistas. El propio Vincent van Gogh, que la contempló durante una visita al Rijksmuseum en 1885, llegó a escribir a su hermano Theo que daría diez años de su vida por poder sentarse ante ese cuadro durante quince días, con solo un mendrugo de pan seco, una de las declaraciones de admiración más citadas de toda la historia de la crítica de arte.

Desde el punto de vista estilístico, la monumental frontalidad de los personajes, la luz de clara ascendencia veneciana y el uso denso y material del color, aplicado a veces casi con espátula, son rasgos típicos de los años más tardíos del artista, cuando Rembrandt, ya alejado de los grandes encargos oficiales de su juventud, alcanzaba una libertad técnica y expresiva sin precedentes en toda su producción.

Conservado en el Rijksmuseum de Ámsterdam, este lienzo sigue siendo hoy, junto a La ronda de noche, una de las obras más veneradas de todo el museo, y un testimonio conmovedor de la profundidad humana que Rembrandt alcanzó en la última etapa de su carrera.

Pintado hacia 1665-1669, en los últimos años de la vida de Rembrandt, este lienzo pertenece a un pequeño grupo de obras tardías en las que el pintor, ya alejado de los grandes encargos oficiales que habían definido su primera madurez y sumido en dificultades económicas tras la bancarrota que había sufrido en 1656, alcanzó sin embargo una libertad técnica y una profundidad emocional que la crítica posterior consideraría el punto culminante de toda su trayectoria. Despojado de la necesidad de complacer a comitentes exigentes, el Rembrandt de estos últimos años pintaba sobre todo para sí mismo y para un reducido círculo de coleccionistas que sabían apreciar la textura casi escultórica de su pincelada final, una libertad que solo la distancia del tiempo, y la propia experiencia acumulada de una vida marcada por sucesivos duelos personales, permitieron alcanzar.