Año 1876
Óleo sobre lienzo, 92 x 73 cm París, Musée d'Orsay,

El columpio – Pierre-Auguste Renoir, 1876, Impresionismo

Esta obra, ejecutada en el jardín del estudio de la rue Cortot al mismo tiempo que Baile en el Moulin de la Galette y expuesta igualmente en la tercera muestra de los impresionistas en 1877, entraría a formar parte poco después de la célebre colección de Gustave Caillebotte. El tema es captado al aire libre, donde existían las condiciones ideales para experimentar con la nueva técnica pictórica impresionista que Renoir dominaba ya con plena soltura en estos años.

El color se aplica a pequeñas manchas, buscando producir el efecto de la luz solar filtrada entre las hojas de los árboles. Los amarillos y los azules constituyen las tonalidades de base del cuadro, yuxtapuestas de manera alternada, creando una atmósfera de vibración cromática y luminosa general que prefigura, de algún modo, los experimentos puntillistas de Georges Seurat en la década siguiente.

La modelo, la joven actriz Jeanne Samary, se apoya lánguidamente en el columpio, con la mirada dirigida hacia otro lugar y un vestido que sirve de maravilloso pretexto para representar las cambiantes vibraciones de la luz filtrada por la vegetación circundante. La actriz sería retratada varias veces más por el pintor en los años siguientes; son especialmente célebres los dos cuadros El ensueño y Jeanne Samary de pie, ambos conservados hoy en importantes colecciones.

Jeanne Samary, actriz de la Comédie-Française muy popular en el París de finales de la década de 1870, formaba parte del círculo de amistades del pintor y posó para él en numerosas ocasiones durante estos años de plena madurez impresionista, convirtiéndose en una de sus modelos más recurrentes junto a otras figuras del mundo teatral y social parisino de la época.

La pintura sorprendió mucho al escritor Émile Zola, que parece haberse inspirado en ella para su novela Una página de amor, publicada en 1878: describe allí a una mujer que lleva un vestido gris guarnecido de lazos malva, mientras el sol esparce un polvo rubio en el cielo pálido y, entre las ramas desnudas, cae una lenta lluvia de rayos de luz.

Esta influencia directa de la pintura impresionista sobre la literatura naturalista de la época, documentada en este caso concreto, ilustra bien hasta qué punto ambos movimientos artísticos, la nueva pintura y la nueva novela, compartían en el París de finales del siglo XIX una misma sensibilidad hacia la observación minuciosa de la vida moderna.

Conservado en el Museo de Orsay de París, este cuadro sigue siendo hoy uno de los retratos más celebrados de toda la producción impresionista de Renoir.

Gustave Caillebotte, el pintor y coleccionista que adquirió esta obra poco después de su exposición pública, desempeñó un papel decisivo, aunque durante mucho tiempo poco reconocido, en la supervivencia económica del grupo impresionista durante sus años más difíciles: gracias a su propia fortuna familiar, Caillebotte pudo comprar sistemáticamente obras de Renoir, Monet, Degas y otros compañeros de generación, sosteniendo así indirectamente sus carreras en un momento en que apenas encontraban compradores en el mercado oficial. A su muerte en 1894, legó su colección al Estado francés, un legado que, tras años de resistencia por parte de las autoridades académicas, terminaría por consolidar definitivamente el reconocimiento institucional del Impresionismo en Francia.

Fue precisamente ese legado, exhibido durante décadas en el Museo del Luxemburgo antes de su traslado final al Louvre y después al Museo de Orsay, el que permitió a generaciones sucesivas de visitantes parisinos familiarizarse con obras como esta, en un momento en que buena parte de la crítica académica seguía todavía reticente a reconocer plenamente el valor histórico del movimiento impresionista.