Pablo Picasso - Le Moulin de la Galette
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- Pablo Picasso obras de arte
Año 1900
Óleo sobre lienzo, 88,2 x 115 cm Nueva York, Guggenheim Museum, Thannhauser Collection
Movimiento artístico: Posimpresionismo
En septiembre de 1900, un joven Picasso de apenas diecinueve años llega por primera vez a París junto con su amigo Carlos Casagemas, atraídos por la Exposición Universal que aquel año convertía la ciudad en el escaparate del mundo. Ya conocía la pintura de los impresionistas y los posimpresionistas a través de las revistas francesas que circulaban en Barcelona, pero fue el contacto directo con los café-chantants de Montmartre lo que transformó su manera de pintar. Le Moulin de la Galette es uno de los primeros lienzos que completó en la capital francesa, y probablemente el testimonio más vivo de ese primer deslumbramiento parisino.
El cuadro nos sitúa en el interior del célebre salón de baile de Montmartre, un espacio abarrotado de parejas, curiosos y mesas donde la luz artificial de los faroles tiñe el aire de tonos anaranjados que contrastan con los azules y violetas del fondo. Los rostros se disuelven en manchas de color, casi indistinguibles entre sí, y la multitud se convierte en una masa heterogénea de sombreros, vestidos y sombras que gira alrededor de la pista de baile. Al fondo, apenas esbozadas, se adivinan las mesas donde los clientes beben y conversan mientras observan a las parejas que bailan, como si el propio lienzo reprodujera esa mezcla de curiosidad e indiferencia con la que se vive una noche de fiesta ajena. ¿Qué veía exactamente Picasso al entrar en aquel salón por primera vez? Probablemente una escena tan fascinante como ajena, una fiesta nocturna a la que asistía como espectador curioso y no como protagonista.
En Le Moulin de la Galette, Picasso no busca denunciar nada, no hay en la escena una crítica social explícita ni un juicio moral sobre lo que retrata. Su mirada es la de un observador atento a la teatralidad del ambiente, a esa mundanidad artificiosa y ligeramente provocadora que envolvía las noches parisinas de la Belle Époque. Es precisamente esa distancia de espectador lo que da al cuadro su tono ambiguo, situado entre la fascinación sincera y un cierto desapego, como si el propio Picasso no supiera todavía si admirar aquel mundo o desconfiar de él.
Técnicamente, la obra revela una paleta rica y vibrante, del todo ausente en los cuadros que Picasso había pintado hasta entonces en Barcelona. La influencia de Toulouse-Lautrec resulta evidente tanto en la elección del motivo como en el gusto por los ambientes nocturnos del cabaret parisino, mientras que la disposición de las figuras y los puntos de vista ligeramente elevados recuerdan a Degas, y la pincelada suelta y el gusto por la vida moderna remiten a Manet. El formato horizontal del lienzo, más ancho que alto, refuerza esa sensación de escena panorámica, casi de decorado teatral, en la que ninguna figura individual reclama el protagonismo: todos forman parte de un mismo espectáculo colectivo.
Aquel viaje de 1900 coincidió con la gran Exposición Universal, que llevó a París a artistas de toda Europa, pero Picasso eligió para uno de sus primeros lienzos parisinos un motivo que ya pertenecía a la memoria pictórica francesa: el mismo salón de baile había sido inmortalizado años antes por otros grandes pintores, y el joven recién llegado de Barcelona se atrevía así, casi sin proponérselo, a medir sus fuerzas con esa tradición. Pocos meses después, la muerte repentina de su amigo Casagemas cambiaría por completo el rumbo de su pintura hacia la melancolía de sus célebres tonos azules, de modo que esta escena luminosa y festiva puede leerse también como el último gesto despreocupado de su juventud, el cierre de una etapa antes de otra mucho más sombría.
Hoy, Le Moulin de la Galette se conserva en el Guggenheim Museum de Nueva York, dentro de la Thannhauser Collection, y sigue interesando por lo que revela sobre un Picasso todavía en formación, capaz de absorber en cuestión de meses el lenguaje de la pintura moderna francesa antes de inventar el suyo propio. Para cualquier visitante que se detenga hoy ante el lienzo, resulta casi inevitable buscar en esos rostros difuminados algún indicio de lo que vendría después, aunque el cuadro se resista, con razón, a dejarse leer solo como anticipo de una carrera futura. ¿No resulta curioso que la misma mano que pintó esta noche bulliciosa y llena de color se sumergiera muy poco después en el silencio de sus retratos de mendigos y figuras solitarias? La pasión por el teatro y el espectáculo que aquí se intuye acompañará a Picasso durante toda su carrera, y volverá a aparecer, transformada, en sus arlequines y personajes de circo de años posteriores.