Picasso - La sombra
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- Pablo Picasso obras de arte
1953
Óleo y carboncillo sobre lienzo, 130 x 97 cm París, Musée National Picasso
1953 es, para Pablo Picasso, un año de contradicciones difíciles de sobrellevar. La muerte de Stalin, ocurrida en marzo, pone de manifiesto las tensiones que atraviesan a buena parte de los intelectuales y artistas comprometidos con el Partido Comunista Francés, entre los que se contaba Picasso desde 1944. Fiel defensor de la causa de la paz y opositor declarado a cualquier restricción de la libertad individual, el pintor se encuentra en estos meses entre dos fuegos: por un lado, su participación activa en congresos e iniciativas internacionales organizadas por el propio partido; por otro, las críticas que recibe de algunos de sus dirigentes y de ciertos sectores de la prensa comunista.
Uno de los episodios más sonados de aquel año fue el rechazo que sufrió el retrato conmemorativo que Picasso realizó tras la muerte de Stalin, en el que el líder soviético aparecía representado con una expresión que muchos consideraron demasiado dura y alejada de la imagen oficial que el partido deseaba proyectar. En ese contexto de tensión política, Picasso pinta esta obra a finales de año, un lienzo que puede leerse como una reflexión sobre su propia posición, siempre incómoda, frente al mundo exterior.
La composición muestra a un hombre representado a contraluz, recortado en negro sobre un fondo compuesto por lienzos que sugieren, a su vez, un paisaje exterior, como si el conjunto formara una gran ventana abierta hacia el mar o el cielo. Sin embargo, tal y como indica el propio título de la obra, ese hombre no es más que una sombra: la sombra del propio sujeto que pinta el cuadro, situado a medio camino entre su persona real, la obra que está creando, el estudio que lo rodea y el mundo exterior al que, pese a todo, sigue perteneciendo.
Este juego de interposición entre distintos niveles de realidad, el pintor, su sombra, la pintura dentro de la pintura, se ve reforzado por la técnica empleada: la combinación de óleo y carboncillo produce un efecto de recorte, casi de collage, en el que las siluetas negras parecen superpuestas sobre la superficie del lienzo en lugar de formar parte orgánica de ella. Toda la atención del espectador converge, de manera casi inevitable, hacia esa figura negra central, que actúa a la vez como polo de absorción visual y como una suerte de vacío, de negación de la propia identidad representada.
¿Es este cuadro, entonces, un autorretrato encubierto? Nada en la obra lo confirma de manera explícita, pero el propio título y el contexto biográfico de aquel año invitan a leerlo como una meditación silenciosa sobre la propia condición del artista, atrapado entre las exigencias del compromiso político, la vida privada y la creación pictórica, sin que ninguna de esas tres esferas termine nunca de coincidir plenamente con las otras.
Conservada en el Musée National Picasso de París, esta obra pertenece a un periodo de la producción del artista todavía poco visitado por el gran público, más introspectivo y menos espectacular que otras etapas de su carrera, pero no por ello menos revelador de la complejidad humana que se esconde detrás de una de las figuras más públicas del arte del siglo XX.
En estos años, Picasso residía principalmente en el sur de Francia, en la localidad de Vallauris, donde además de pintar se había volcado con entusiasmo en la cerámica, un oficio artesanal que le permitía experimentar con formas y materiales muy distintos a los de la pintura sobre lienzo. Ese doble movimiento, entre la introspección casi solitaria de obras como esta y la actividad pública y festiva ligada a la cerámica y a su creciente compromiso político, da la medida de la enorme diversidad de registros que Picasso fue capaz de sostener de manera simultánea a lo largo de toda su carrera.