Vincent van Gogh - Caseríos con tejado de paja en Cordeville
- Detalles
- Vincent van Gogh obras de arte
1890
Óleo sobre lienzo, 72 x 91 cm París, Musée d'Orsay
Esta fue la primera obra realizada por Van Gogh en Auvers-sur-Oise, pueblo al que se había trasladado, por sugerencia del pintor y amigo Camille Pissarro, al salir del manicomio de Saint-Rémy. El pueblo, al que se llegaba en pocas horas desde París, estaba compuesto en su mayor parte por casitas con tejado de paja, situadas a lo largo de estrechas carreteras rurales.
La primera impresión que tuvo el pintor fue la de una belleza severa, y el campo es característico y pintoresco, según escribió a su hermano Theo en la carta 638, fechada el 4 de junio de 1890. El cuadro es fiel a estas mismas palabras del artista. El amarillo que había dominado en las obras provenzales casi ha desaparecido por completo, y Van Gogh recurre en su lugar a una paleta fría y lívida, compuesta de verdes, azules y violáceos.
La pincelada se pliega y se retuerce, los árboles oscuros del fondo parecen cobrar vida propia; no hay ninguna figura humana presente en toda la escena. El cielo tiene un aspecto ventoso, y sin embargo la obra parece inmersa al mismo tiempo en un aire quieto, dominado por un sentimiento de espera casi opresivo. Van Gogh da cuerpo a una visión intensa, incluso tumultuosa, donde cada objeto parece estar en constante transformación y los trazos de color deshechos parecen vivir una existencia independiente de aquello que están llamados a representar.
Auvers-sur-Oise no era un descubrimiento casual: el pueblo ya albergaba desde décadas antes una pequeña colonia de pintores, entre ellos Charles-François Daubigny, Cézanne y el propio Pissarro, atraídos por su proximidad a París, apenas treinta kilómetros, y por la posibilidad de combinar la vida rural con visitas frecuentes a la capital. Esa cercanía resultaba además decisiva para Van Gogh, ya que permitía tanto las visitas regulares de Theo como la supervisión médica constante del doctor Gachet.
Este cambio hacia una paleta fría y contenida marca un punto de inflexión respecto al periodo provenzal, dominado por el amarillo intenso y los contrastes cálidos. Algunos historiadores han querido leer en esta atmósfera melancólica y suspendida un reflejo del frágil estado anímico con que Van Gogh llegaba a su nuevo destino, apenas semanas después de abandonar el asilo de Saint-Rémy, aunque la obra conserva al mismo tiempo esa energía vibrante y casi febril que caracteriza toda su producción final.
Auvers-sur-Oise no era un descubrimiento casual para Van Gogh: el pueblo ya albergaba desde décadas antes una pequeña colonia de pintores, entre ellos Charles-François Daubigny, Paul Cézanne y el propio Camille Pissarro, atraídos todos ellos por su proximidad a París, apenas treinta kilómetros, y por la posibilidad de combinar la vida rural tranquila con visitas frecuentes a la capital. Esa cercanía geográfica resultaba además decisiva en el caso concreto de Van Gogh, ya que permitía tanto las visitas regulares de su hermano Theo como la supervisión médica constante del doctor Gachet, especialista que había tratado ya a varios artistas de su círculo. Este cambio hacia una paleta fría y contenida, tan distinta del amarillo intenso que había dominado su periodo provenzal, marca por tanto un punto de inflexión estilístico claro en las últimas semanas de su producción. Estas primeras semanas en el nuevo pueblo, marcadas por una intensa actividad pictórica casi diaria, resultarían decisivas para entender el conjunto de la producción final de Van Gogh, que en apenas setenta días llegaría a completar cerca de setenta lienzos distintos antes de su muerte en julio de aquel mismo año de 1890. Nada en la superficie del lienzo delata todavía el desenlace trágico que se acercaba.