1914
Óleo sobre lienzo, 130 x 97 cm París, Musée National d'Art Moderne, Centre Georges Pompidou

Retrato de muchacha – Pablo Picasso, 1914, Cubismo

Paralelamente a las obras en las que aplica la técnica del papier collé, Picasso ejecutó en estos mismos meses otras que van en dirección opuesta, entre las cuales se sitúa este Retrato de muchacha, uno de los cuadros más ambiciosos de todo el periodo. Fue realizado durante las vacaciones de verano pasadas en Aviñón, en compañía de su entonces pareja Eva Gouel, a quien Picasso llamaba cariñosamente Ma Jolie y a quien dedicó inscripciones en varios de sus lienzos cubistas de aquellos años.

La felicidad junto a Eva y el éxito económico del que entonces gozaba Picasso se reflejan en la lírica de composiciones como esta, que se diferencia de las producciones inmediatamente anteriores sobre todo por sus colores vivos y brillantes. Nos encontramos ante un auténtico trompe l'oeil: por su intrínseco decorativismo, obras como Naturaleza muerta verde y este mismo Retrato de muchacha son definidas en ocasiones como cubismo rococó, un término que subraya su carácter ornamental y festivo frente a la austeridad del cubismo analítico de apenas dos años antes.

En un primer vistazo rápido podría pensarse que el cuadro es un gran patchwork de gran riqueza, compuesto por colores y materiales distribuidos sobre un prado verde, ocultando de este modo la técnica real utilizada, el óleo sobre lienzo. Picasso ha logrado con gran habilidad imitar el mármol negro, la tela y el papel de pared, en un ejercicio de virtuosismo pictórico que emula, sin recurrir realmente a ellos, los materiales del collage que él mismo había inventado apenas dos años antes junto a Braque.

El verano de 1914 marcaría, sin embargo, un final abrupto para este periodo de felicidad relativa: en agosto estalló la Primera Guerra Mundial, Braque y Derain fueron movilizados, y la colaboración cotidiana que había definido el cubismo durante casi un lustro se interrumpió de manera brusca. Apenas un año después, en diciembre de 1915, Eva Gouel moriría de tuberculosis, sumiendo a Picasso en un profundo periodo de duelo que marcaría también un cambio de rumbo en su producción artística.

Este contraste entre la ligereza decorativa de obras como este retrato y la tragedia que se avecinaba, tanto a escala personal como continental, convierte a estas últimas composiciones del cubismo sintético de preguerra en un testimonio especialmente conmovedor de un momento de plenitud que resultaría efímero.

Conservado en el Centre Georges Pompidou de París, este retrato permite apreciar el punto culminante de virtuosismo técnico y libertad decorativa que Picasso alcanzó justo antes de que la guerra transformara para siempre tanto su vida personal como el rumbo del arte europeo.

Eva Gouel, cuyo verdadero nombre era Marcelle Humbert, se había convertido en la compañera de Picasso a finales de 1911, tras la ruptura del pintor con Fernande Olivier, y su presencia marcó profundamente toda la producción cubista de estos años, hasta el punto de que la inscripción Ma Jolie, tomada del estribillo de una canción popular parisina de la época, aparece incorporada literalmente en varios lienzos cubistas pintados entre 1911 y 1912, convirtiéndose en una de las señas de identidad más reconocibles de todo ese periodo. La relación con Eva coincidió además con un notable ascenso en la posición económica y social de Picasso, que por primera vez en su carrera podía permitirse pasar los veranos en localidades como Céret o Aviñón, alejado de las estrecheces del Bateau-Lavoir, y rodeado de un círculo cada vez más amplio de coleccionistas, marchantes y críticos dispuestos a defender su obra frente a un público todavía mayoritariamente hostil al lenguaje cubista.

Esta obra, junto con otras del mismo verano, demuestra hasta qué punto Picasso había logrado, en apenas dos años, convertir el cubismo en un lenguaje decorativo plenamente maduro, capaz de generar por sí mismo alegría visual sin perder por ello su radical originalidad formal.