Bartolomé Esteban Murillo - Descanso en la Huida a Egipto
Año 1665 a 1670
Óleo sobre lienzo, 136 x 179 cm, San Petersburgo, Museo del Ermitage

Pocas obras de la pintura barroca han explorado el tema del sueño infantil con la belleza y la delicadeza que Murillo despliega en este Descanso en la Huida a Egipto. El asunto venía interpretándose desde el Renacimiento, y existían ya excelentes precedentes, como el cuadro homónimo de Rubens conservado en el Museo del Prado o el Descanso de Van Dyck en Múnich, ambos referentes obligados para cualquier pintor que abordara este episodio evangélico apócrifo, tan querido por la piedad popular de la Contrarreforma.
Sin embargo, rara vez el sueño del Niño adquiere un papel tan protagonista como en esta pintura, donde todas las figuras parecen no atender a otra cosa que velar su descanso. La Virgen levanta el cendal y muestra a su Hijo desnudo con un gesto admirativo, ligeramente teatral, como si invitara al espectador a compartir su ternura. Un san José joven y apuesto observa la escena sujetando con la mano izquierda el cabestro del asno, cuidando de que ningún ruido despierte a la criatura, mientras que los dos angelitos de inspiración rafaelesca situados a la izquierda parecen contenerse mutuamente para no perturbar esa paz tan cuidadosamente construida.
La obra revela el profundo conocimiento que Murillo tenía de la pintura italiana, un conocimiento que sin duda pudo ampliar de primera mano durante su viaje a Madrid en 1658, cuando tuvo ocasión de estudiar las colecciones reales que incluían obras de Tiziano, Rubens y Velázquez. Domina en el conjunto una sensación general de serenidad y silencio, como si el mundo entero se hubiera detenido para contemplar el sueño del Niño Jesús. La espontaneidad y la delicadeza con que está resuelto todo el cuadro, y en especial las figuras centrales, contribuyen a esa sensación de sosiego tan característica de la producción madura del pintor sevillano, realizada entre 1665 y 1670, en el momento de mayor plenitud de su llamado estilo vaporoso, marcado por contornos suaves y una luz cálida y difusa.
Murillo se convirtió en estos años en el gran pintor de la ternura religiosa, capaz de humanizar los temas sagrados sin perder su dimensión devocional, algo que explica en buena medida su enorme popularidad tanto entre el clero sevillano como entre los coleccionistas europeos que adquirirían sus obras durante los siglos siguientes. De origen desconocido, y copiado en numerosas ocasiones a lo largo de su historia, este lienzo aparece ya citado por Sanders en su Description de l'Hermitage de 1805, lo que confirma que había llegado a Rusia relativamente pronto tras su ejecución, probablemente a través de las grandes campañas de adquisición de obras de arte europeas impulsadas por Catalina la Grande y sus sucesores para engrosar las colecciones imperiales.
Existe además una hermosa Sagrada Familia de Murillo conservada en la colección Chatsworth, en Derbyshire, que retoma el mismo tema del sueño del Niño, prueba de que se trataba de una composición que el pintor consideraba especialmente lograda y que no dudó en repetir, con variaciones, para distintos clientes. Esta capacidad de Murillo para convertir la escena sagrada en una imagen de ternura casi doméstica es precisamente lo que explica que, siglos después, sus Sagradas Familias sigan siendo algunas de las composiciones más reproducidas de todo el Barroco español.
El tema del descanso durante la huida a Egipto, episodio narrado brevemente en el Evangelio de Mateo, se popularizó enormemente en el arte europeo precisamente porque permitía a los pintores alejarse del dramatismo de la persecución de Herodes para concentrarse en una escena doméstica de ternura casi cotidiana. Esta capacidad de Murillo para transformar la iconografía religiosa en imágenes cercanas y humanas explica en buena medida el enorme éxito que sus composiciones tuvieron entre coleccionistas de toda Europa a lo largo de los siglos XVIII y XIX, cuando la sensibilidad romántica encontró en su suavidad cromática y en su hondura afectiva un modelo de piedad íntima muy alejado de la solemnidad más severa de otros maestros del Barroco español, como Zurbarán o el propio Velázquez en su etapa religiosa temprana.