Bartolomé Esteban Murillo - Santa Ana enseñando a leer a la Virgen
Año Hacia 1650
Óleo sobre lienzo, 219 x 165 cm Madrid, Museo del Prado

La obra Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, pintada por Bartolomé Esteban Murillo hacia 1650, es una de las representaciones más conmovedoras y refinadas del tema en el arte barroco español. Este lienzo, de generosas dimensiones (219 x 165 cm), se encuentra actualmente en el Museo del Prado de Madrid, donde cautiva a visitantes y estudiosos con su belleza y profundidad simbólica.
El cuadro retrata un episodio de la infancia de la Virgen María, extraído de los evangelios apócrifos, que fue muy querido por los pintores sevillanos a pesar de la condena unánime de los tratadistas de la época, incluido Francisco Pacheco, maestro de Velázquez y autor del tratado de pintura más importante del siglo XVII. La escena muestra a Santa Ana, madre de la Virgen, sentada junto a su hija, enseñándole a leer. El gesto maternal y el semblante atento de la niña reflejan un momento íntimo y significativo, lleno de ternura y sabiduría.
Murillo introduce en este espacio pictórico varios niveles de realidad, fusionándolos con gran maestría. Por un lado, vemos la realidad cotidiana de una madre que ha dejado sus labores de costura para instruir a su hija. Esta escena familiar se sitúa en un entorno arquitectónico de columnas y balaustradas de inspiración clásica, lo que acentúa la solemnidad del momento y lo coloca en un lugar etéreo, lejos de un ámbito doméstico. En tercer lugar, un espacio alegórico formado por dos angelitos que coronan a la Virgen Niña, añadiendo un toque celestial y místico a la composición.
La gran maestría de Murillo radica en haber logrado una armoniosa fusión de estos tres niveles de realidad. La figura central de Santa Ana, vestida con ropajes sencillos pero elegantes, sostiene un libro que la Virgen, sentada a su lado, mira con atención. El rostro de Santa Ana, sereno y amable, transmite la paciencia y el amor con que imparte la lección. La Virgen, en cambio, muestra una expresión de inocencia y curiosidad, reflejando su disposición a aprender. Los ángeles, con sus alas desplegadas y caras sonrientes, añaden un elemento de gracia y divinidad, elevando la escena a un nivel más espiritual.
La paleta de colores claros y la distribución homogénea de la luz contribuyen a crear una atmósfera de sosiego y armonía. Murillo utiliza tonos pastel y una iluminación suave, evitando contrastes demasiado fuertes, lo que da a la obra una sensación de calma y equilibrio. Este uso delicado de la luz y el color no solo embellece la escena, sino que también subraya la bondad y la pureza de los personajes, reforzando el mensaje espiritual del cuadro.
En el momento de pintar esta obra, circulaba por Sevilla una estampa de Bolswert tomada de la obra de Rubens, Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, del Museo de Amberes. Es probable que Murillo se inspirara en esta estampa, especialmente en el telón arquitectónico del fondo y en el conjunto de los ángeles. Sin embargo, como era habitual en su trabajo, el pintor sevillano no copia, sino que reinterpreta con libertad y personalidad propias. En este caso, Murillo suprime la figura de san Joaquín, esposo de santa Ana, y concentra toda la fuerza del cuadro en el silencioso y reflexivo diálogo entre madre e hija. ¿Qué nos dice esta elección sobre la importancia de la relación materna en la educación y la formación espiritual?
Esta obra es una prueba de la habilidad de Murillo para capturar momentos de humanidad y espiritualidad, combinándolos de manera magistral. Su capacidad para representar la ternura y la sabiduría en un contexto sagrado lo convierte en uno de los grandes maestros del Barroco. ¿Cómo ha influido esta obra en la percepción de la educación y la formación espiritual a lo largo de los siglos? Un detalle curioso es que una pequeña flor de lis visible en el extremo inferior del lienzo indica que el cuadro perteneció a Isabel de Farnesio, conocida coleccionista de la obra de Murillo, lo que subraya aún más su valor y relevancia en la historia del arte.
En resumen, Santa Ana enseñando a leer a la Virgen es una obra que trasciende su época, ofreciendo una visión profunda y conmovedora de la relación entre la educación, la fe y la familia. Su importancia radica no solo en su belleza formal, sino también en su capacidad para transmitir un mensaje universal y atemporal. ¿No es acaso esta la verdadera función del arte: tocar nuestras emociones y hacer que reflexionemos sobre los valores fundamentales de la vida?