Bartolomé Esteban Murillo - La Adoración de los pastores
Año 1650
Óleo sobre lienzo, 187 x 223 cm Madrid, Museo del Prado

Es la primera de sus versiones de este tema. Es algo posterior a la Sagrada Familia del pajarito, pues es de factura más avanzada. Asimismo se considera que con esta obra el artista sevillano cierra una etapa juvenil que se habría iniciado con la serie del claustro chico de San Francisco.
Para su composición bien pudo haberse inspirado en una estampa del retablo del convento de San Isidoro del Campo, en Santiponce, Sevilla, del escultor Martínez Montañés. En cuanto a la elección de algunos motivos, la principal referencia podría ser la Adoración de los pastores de Ribera de 1643, hoy destruida. Es por tanto una obra de los años de formación, en los que el interés del pintor por los contrastes lumínicos y el tenebrismo es todavía acusado. Estas influencias, sin embargo, no son impedimento para que Murillo componga una pintura en la que su huella es inconfundible.
La escena está iluminada con fuerza desde el ángulo superior izquierdo, concentrándose la luz en la hermosa pareja de la Virgen y el Niño, que resalta delicadamente sobre un cromatismo de tonalidades ocres, pardas y rojizas. Los pastores y san José observan piadosamente cómo María muestra a su hijo desnudo, en torno al cual se agrupan todos los personajes del lienzo. En primer plano, un pastor arrodillado, con las plantas de los pies polvorientas y arrugadas al modo de Caravaggio, se contrapone compositivamente a la figura arrodillada de la Virgen, mientras que san José sirve de eje. La figura de este pastor parece ser la misma que la de uno de los mendigos de San Diego dando de comer a los pobres.
Las gallinas y el cordero son buena muestra de la gran habilidad de Murillo como pintor de animales, faceta que cultivará durante toda su vida desde un punto de vista puramente anecdótico y pintoresco. El cuadro entra en las colecciones reales en 1764, año en que el pintor inglés Kelly lo vende a Carlos III. En 1813 figura en el Museo Napoleón de París y en 1819 es adquirido por el Prado.
Esta recurrencia de figuras entre distintas obras de Murillo, visible aquí en la coincidencia del pastor arrodillado con uno de los mendigos de San Diego, revela un método de trabajo muy habitual entre los pintores barrocos, que reutilizaban estudios previos del natural en composiciones de temática diferente, optimizando así el tiempo dedicado a cada nuevo encargo sin sacrificar la calidad del resultado final. El viaje de esta obra por las colecciones napoleónicas antes de regresar definitivamente a España en 1819 sigue el mismo patrón de dispersión bélica y restitución que ya se ha documentado en otras obras de Murillo comentadas en esta misma serie de artículos.
El Museo del Prado, que conserva esta Adoración desde 1819, la exhibe habitualmente junto a otras obras de la etapa temprana de Murillo, permitiendo a los visitantes seguir de cerca la rápida evolución estilística que experimentó el pintor sevillano en apenas un lustro, desde el tenebrismo heredado de Zurbarán y Ribera hasta el estilo vaporoso y luminoso que definiría el resto de su carrera. La reutilización de modelos y posturas entre distintas obras del mismo periodo, ya señalada respecto a la figura del pastor, se explica también por la práctica habitual de mantener cuadernos de estudios del natural que los pintores barrocos consultaban y reciclaban sistemáticamente a lo largo de toda su carrera profesional, optimizando así el tiempo dedicado a cada nuevo encargo. El propio hecho de que esta Adoración marque, según los especialistas, el cierre de la etapa juvenil del pintor confiere a la obra un valor añadido como bisagra estilística, el punto exacto en que Murillo empieza a dejar atrás definitivamente las influencias tenebristas de sus primeros maestros.