Miró - La corrida
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- Joan Miró obras de arte
1945
Óleo sobre lienzo, 114 x 145 cm París, Musée National d'Art Moderne, Centre Georges Pompidou

Este lienzo de Joan Miró se presenta casi como la antítesis de los cuadros que abordan el mismo tema en la producción de Pablo Picasso, quien en algunas de sus pinturas y dibujos había comparado el ímpetu creador del propio artista con el del torero enfrentado al toro. Miró, en cambio, capta la vertiente cómica de un mito en el que se mezclan crueldad y disciplina, dando lugar a un espectáculo tan excitante como ambiguo desde el punto de vista moral.
Si se considera que las escenas humorísticas tienen la capacidad de transformar el miedo en otra cosa, resulta comprensible el aspecto casi catártico que Miró encuentra en la corrida de toros. Es precisamente esta dimensión la que el artista plasma en su obra. Sobre un lienzo de fondo azul apagado, aparecen aquí y allá zonas de un tono ocre que recuerda el color de la arena del ruedo. Una línea gráfica de trazo firme delinea el contorno de un toro imponente situado en el centro de la composición, furioso a juzgar por el humo que parece salir de sus fosas nasales, un recurso visual que roza la caricatura sin perder fuerza expresiva.
Manchas de color rojo aluden al derramamiento de sangre, presencia inevitable en cualquier representación taurina que no elude la violencia física del espectáculo, aunque Miró la transforma en pura mancha cromática, despojándola de todo naturalismo. Arriba, a la derecha, como expresión de lo que los historiadores del arte han llamado el desprecio irónico tan característico del arte de Miró, vemos al torero vestido de fiesta, que literalmente vuela por los aires tras su encuentro con el pequeño toro situado a la izquierda de la composición. Este segundo toro, más pequeño, luce el mismo motivo distintivo que el animal central: un pequeño ojo violeta y rojo que funciona casi como firma visual del pintor.
Miró interpreta así el tema taurino como un encuentro grotesco entre titanes, alejándose deliberadamente tanto del dramatismo trágico como del costumbrismo folclórico con que otros artistas españoles habían abordado el mismo asunto, desde los grabados de la Tauromaquia de Goya hasta las visiones más sombrías del propio Picasso, que en estos mismos años desarrollaba su iconografía del Minotauro como alter ego atormentado.
Esta obra fue pintada en 1945, poco después de que Miró regresara de un periodo de aislamiento voluntario en Mallorca, donde había permanecido alejado del círculo parisino de la vanguardia durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial. Tras la introspección y el simbolismo hermético de su célebre serie de las Constelaciones, realizada durante los años más oscuros del conflicto, La corrida marca un regreso a un colorido más exuberante y a un tono más lúdico, casi liberador. El lenguaje de signos personales que Miró había ido perfeccionando durante décadas, estrellas, ojos, figuras filiformes, alcanza aquí una madurez plena que la propia institución francesa que hoy custodia la obra, el Centro Pompidou de París, refleja como testimonio de los estrechos vínculos que unieron siempre al artista catalán con la capital francesa a lo largo de toda su carrera.
El toro y la corrida constituyen uno de los motivos más recurrentes de todo el arte español moderno, desde los grabados de la serie Tauromaquia que Goya realizó a comienzos del siglo XIX hasta la obsesiva iconografía del Minotauro que Picasso desarrolló durante los años treinta como trasunto de sus propios conflictos personales. Miró se sitúa conscientemente en esa tradición, pero la despoja de cualquier connotación trágica o autobiográfica, prefiriendo un tono lúdico cercano al humor popular. La obra ingresó en las colecciones nacionales francesas gracias a los estrechos vínculos que el artista mantuvo con París durante toda su carrera, ciudad donde había vivido buena parte de las décadas de 1920 y 1930 antes de instalarse definitivamente en Mallorca.