Miguel Ángel - La Sibila Líbica
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- Miguel Ángel obras de arte
Año 1511
Fresco, 395 x 380 cm Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos, Capilla Sixtina
Movimiento artístico: Alto Renacimiento
Los hombros desnudos, el peinado esmerado hasta el último detalle, un corpiño desabrochado que apenas se sostiene sobre el cinturón: entre las cinco Sibilas de la bóveda Sixtina, ninguna irradia tanta sensualidad física como la Líbica, y sin embargo su gesto no tiene nada de frívolo. Está a punto de incorporarse de su trono para cerrar un libro de proporciones descomunales, y todo su cuerpo, torneado en una torsión compleja, transmite el esfuerzo muscular de ese movimiento a punto de completarse.
La diversidad geográfica de las cinco Sibilas no es casual: simboliza la vocación universal del anuncio evangélico, extendido a todos los confines del mundo entonces conocido. La de Delfos representa a Grecia; la de Eritrea, Asia; la de Cumas, Italia; la Pérsica, Tierra Santa; y esta, la Líbica, evoca África, cerrando así un círculo geográfico que abarcaba, en la imaginación renacentista, la totalidad del mundo civilizado. ¿Cómo logró Miguel Ángel dar tanta credibilidad física a una postura tan artificiosa? La respuesta está en el rigor de su método de trabajo: se conserva un dibujo preparatorio, hoy en Nueva York, en el que la figura aparece completamente desnuda, mostrando cada músculo en tensión durante el movimiento, un estudio anatómico exhaustivo -realizado, como era habitual en el taller del artista, a partir de un modelo masculino- que Miguel Ángel trasladó después, ya vestida, al fresco definitivo.
El detalle más fascinante de la composición reside en la atención casi obsesiva que la Sibila presta a sus propios pies: antes de darse la vuelta cargando con el peso considerable del libro, dirige la mirada hacia su pie derecho para comprobar que está firmemente apoyado en la ménsula del trono, mientras apoya la punta del otro pie sobre una caja de madera ya en delicado equilibrio. Este contraste resulta especialmente elocuente si se compara con el Jeremías situado en el lado opuesto de la bóveda: mientras el profeta permanece hundido en una contemplación inmóvil y melancólica, la Líbica encarna el polo activo y dinámico de los Videntes, en movimiento constante, físicamente comprometida con la acción que está a punto de emprender.
Esta figura pertenece además a la segunda mitad de la bóveda que Miguel Ángel pintó, un tramo en el que introdujo cambios estilísticos deliberados respecto a la primera fase del trabajo: aumentó la escala de las figuras y rompió las simetrías más rígidas que había respetado al principio. En los cinco últimos Videntes -las Sibilas Pérsica y Líbica y los Profetas Daniel, Jeremías y Jonás-, la ménsula en voladizo sobre la que se asientan los tronos se sitúa más abajo, y al reducirse el espacio entre los triángulos decorativos, las figuras se estrechan y se contemplan desde un ángulo más elevado, lo que permitió al artista aumentar progresivamente sus dimensiones hasta llegar al extremo del propio Jonás, cuya figura solo encaja en el espacio del trono echada hacia atrás.
Este ajuste de escala no fue un simple capricho estilístico, sino una solución práctica a un problema óptico muy concreto: la visión completa de la bóveda, sin que las escenas centrales aparecieran invertidas, solo era posible desde el lado de la antigua entrada de la capilla, y el aumento progresivo del tamaño de las figuras servía precisamente para compensar el escorzo cada vez más pronunciado que sufría la mirada del espectador a medida que se alejaba de ese punto de observación privilegiado.
Resulta revelador, además, que Miguel Ángel recurriera a un aprendiz masculino para el estudio anatómico de una figura que en el fresco final aparece revestida de una feminidad tan explícita: esta práctica, habitual en los talleres del Renacimiento por razones tanto de disponibilidad de modelos como de convenciones sociales, explica en parte la anatomía robusta, casi atlética, que caracteriza a buena parte de las figuras femeninas del artista a lo largo de toda su carrera. Lejos de resultar un defecto, esa hibridación entre observación directa del cuerpo masculino y transformación pictórica en figura femenina es, para muchos historiadores, una de las claves para entender el particular ideal de belleza -vigoroso, escultórico, casi andrógino- que Miguel Ángel desarrolló a lo largo de toda su producción, tanto pictórica como escultórica.