Miguel Ángel - El Profeta Jeremías
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- Miguel Ángel obras de arte
Año 1511
Fresco, 390 x 380 cm Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos, Capilla Sixtina
Movimiento artístico: Alto Renacimiento
Las piernas cruzadas, el busto inclinado hacia delante, la cabeza pesando sobre una mano que a su vez se apoya en la rodilla a través del codo: la postura del profeta Jeremías en la bóveda de la Capilla Sixtina es la imagen perfecta, casi de manual, de la melancolía tal como la entendía el pensamiento renacentista. Vasari describió esta figura como sumida en «toda su amargura», y esa amargura, según muchos historiadores, no sería únicamente la del propio profeta bíblico sino, veladamente, la del artista que lo pintó.
Jeremías, autor de las Lamentaciones, sufrió persecución y prisión en vida y presenció, impotente, la destrucción de Jerusalén, un desastre que sus profecías habían anunciado sin que nadie quisiera escucharlo. Sus textos se leían tradicionalmente durante la Cuaresma como prefiguración de la Pasión de Cristo, y su desolación meditabunda parece dudar incluso de la propia esperanza en la misericordia divina, un rasgo psicológico que Miguel Ángel traduce en una postura de derrota física casi total, sin ningún gesto retórico de heroísmo o resistencia. ¿Por qué elegir precisamente este momento de abatimiento absoluto para representar a uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento? Porque Miguel Ángel, a diferencia de tantos otros artistas de su tiempo, entendía la grandeza espiritual no como ausencia de duda sino como capacidad de sostenerla sin quebrarse del todo.
La hipótesis de que esta figura esconda un autorretrato velado del propio Miguel Ángel ha circulado entre los especialistas desde hace generaciones, y encuentra un apoyo inesperado en la obra de su gran rival y contemporáneo, Rafael. En la Escuela de Atenas, pintada casi al mismo tiempo en las estancias vaticanas a apenas unos metros de distancia, Rafael representó al filósofo Heráclito con una actitud y una postura prácticamente idénticas a las de este Jeremías, en lo que los historiadores del arte interpretan como un homenaje -o quizá una broma cómplice- del joven urbinense hacia el genio que trabajaba, en ese mismo momento, en el techo de la capilla contigua. Un detalle adicional refuerza esta conexión: ambas figuras, la de Jeremías y la de Heráclito, calzan botas de cuero, un elemento que Vasari identifica explícitamente como típico del propio Miguel Ángel, quien las llevaba habitualmente en su vida cotidiana. En el conjunto de los Videntes de la Sixtina, este calzado constituye además una notable excepción: la desnudez de los pies, norma general entre profetas y sibilas, remite al gesto bíblico de Moisés descalzándose ante la presencia divina en la zarza ardiente.
Cada uno de los Videntes está sentado en un «trono» de mármol encastrado entre pilastras decoradas con pequeños balaustres dorados, cuyo perfilado sutil y disposición angular remiten directamente a las soluciones que Donatello había ideado décadas antes para el pedestal de su Judit, quizá en deliberada contraposición al estilo más monumental y macizo que Bramante empleaba entonces en el coronamiento de su Templete de San Pietro in Montorio. Sobre las pilastras, parejas de amorcillos-cariátide en relieve fingido -uno masculino, otro femenino en cada trono, subrayando que el anuncio profético se dirige a la humanidad entera sin distinción de sexo- flanquean una tarja donde el nombre del profeta aparece inscrito en grandes letras.
Bajo cada consola, un pequeño amorcillo llamado «portaraja» sirve de enlace visual entre los muros inferiores y la bóveda, marcando al mismo tiempo una clara diferencia de escala con las figuras cuatrocentescas, más pequeñas, que decoraban ya las paredes desde décadas antes. En ese contraste de dimensiones se resume, en cierto modo, toda la revolución que Miguel Ángel introdujo en la Sixtina: donde el siglo XV había preferido la narración detallada en escalas contenidas, él impuso la monumentalidad, la introspección psicológica y, en casos como este Jeremías, una vulnerabilidad humana que ningún profeta bíblico anterior había mostrado con tanta desnudez emocional.