José de Ribera - Sileno borracho
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- José de Ribera obras de arte
Año 1626
Óleo sobre lienzo, 185 x 229 cm Nápoles, Museo e Gallerie Nazionali di Capodimonte
Movimiento artístico: Barroco

Un anciano gordo y desnudo, tendido sobre un paño, se deja coronar de hiedra mientras un sátiro le llena la copa de vino y un asno lo observa con la misma indiferencia con que ha presenciado, sin duda, cientos de borracheras anteriores. Sileno borracho es una de las composiciones más singulares que José de Ribera pintó en toda su carrera, y también una de las más eruditas, disfrazada bajo una apariencia festiva casi grotesca.
La escena reúne a varios personajes en torno a la figura central: un joven sátiro sostiene una taza, otro vierte vino en la concha marina que Sileno usa a modo de copa, un tercero le corona la cabeza con una guirnalda de hiedra entrelazada. Detrás asoman otros dos rostros, uno de ellos de rasgos depurados y clásicos que recuerdan directamente a la escultura antigua. En primer plano, dispersos por el suelo, un bastón, una tortuga y una concha completan el bodegón simbólico, mientras a la izquierda una cartela con la firma del artista aparece rota por una serpiente que sostiene un fragmento entre los dientes, un detalle inquietante en medio de tanta jovialidad báquica.
La firma, además, es excepcionalmente extensa y solemne para tratarse de una escena tan desenfadada: JOSEPHUS DE RIBERA, HISPANUS, VALENTIN ET ADCADEMICUS ROMANUS FACIEBAT PARTENOPE... 1626. Ribera se presenta a sí mismo como académico romano, un título que subraya su formación culta y que contrasta, deliberadamente o no, con la vulgaridad festiva del tema representado. ¿Por qué firmar con tanta pompa un cuadro sobre un dios ebrio? Quizá precisamente porque, bajo la anécdota cómica, se esconde una de las composiciones mitológicas más eruditas de su producción napolitana.
La interpretación exacta de la escena ha dividido a los especialistas. El historiador del arte Richard Spear identificó la composición como la coronación de Sileno por Pan, reconociendo en el perfil clasicista del ángulo superior derecho la figura de Apolo, dios tradicionalmente asociado a Sileno en la iconología renacentista y barroca. Otros estudiosos, sin embargo, han preferido leer la escena a la luz de un episodio narrado por Ovidio en los Fastos: durante una celebración en honor de Baco, con sátiros, ninfas, Pan y el propio Sileno presentes, el dios Príapo intentó aprovecharse de la ninfa Lotis mientras todos dormían la borrachera, hasta que el rebuzno providencial del asno de Sileno hizo fracasar el engaño. Según esta lectura, Ribera habría optado deliberadamente por representar no a los protagonistas del episodio -Príapo, Lotis- sino a Sileno y su fiel asno, dejando al espectador culto la tarea de reconstruir mentalmente toda la fábula a partir de una sola pista visual.
Esta ambigüedad interpretativa, lejos de ser un defecto, es probablemente intencionada: los cuadros mitológicos de este tipo circulaban entre coleccionistas humanistas que disfrutaban precisamente del juego de identificar referencias clásicas ocultas, un pasatiempo intelectual tan importante como el placer puramente visual de la pintura. El primer propietario documentado del lienzo fue Gaspar Roomer, rico comerciante y coleccionista flamenco afincado en Nápoles, cuya colección de pintura era una de las más admiradas de la ciudad. El erudito alemán Joachim von Sandrart, que la visitó personalmente, registró la presencia del cuadro en el palacio de Roomer en Monteoliveto en 1675, aunque la fecha exacta en que este llegó a manos del coleccionista sigue siendo objeto de debate entre los historiadores.
Más allá de estas cuestiones eruditas, lo que hace de Sileno borracho una obra maestra indiscutible es la manera en que Ribera transforma un cuerpo envejecido y decadente en objeto de una pintura magistral: la carne fofa, los pliegues de la piel, la mirada perdida por el vino, todo ello tratado con el mismo naturalismo implacable que el pintor aplicaba a sus santos martirizados. En Sileno, el dios menor de la embriaguez se convierte, bajo el pincel de Ribera, en un estudio casi clínico del cuerpo humano en su decadencia, tan lejos de la idealización clásica como cerca de la verdad más cruda.
El tema de Sileno, tan poco frecuente en la pintura española de la época, encaja perfectamente con el ambiente cultural de la Nápoles virreinal de los años veinte del siglo XVII, una ciudad cosmopolita donde convivían coleccionistas flamencos, mecenas españoles y una intensa vida académica que favorecía este tipo de asuntos mitológicos de doble lectura. Ribera, ya plenamente instalado como el pintor más cotizado de la ciudad, demuestra aquí que su talento no se limitaba al drama religioso o al retrato de filósofos y santos: también sabía, cuando el encargo lo requería, poner su extraordinaria capacidad de observación al servicio de la comedia humana, sin perder por ello ni un ápice de la seriedad técnica que caracteriza toda su obra.