Año Hacia 1616-1618
Óleo sobre lienzo, 126 x 112 cm Estrasburgo, Musée des Beaux-Arts
Movimiento artístico: Barroco

San Pedro y san Pablo – José de Ribera, hacia 1616-1618, Barroco

Dos ancianos discuten con vehemencia sobre un rollo de pergamino. Así de simple parece, a primera vista, este lienzo que en realidad esconde una de las composiciones más sofisticadas de la juventud de José de Ribera. Los dos personajes son san Pedro y san Pablo, retratados no como iconos distantes sino como dos hombres reales enfrascados en una discusión teológica, con toda la vivacidad gestual que Ribera había aprendido observando la vida cotidiana romana.

El pintor recurre aquí a su recurso favorito para caracterizar a los santos: los atributos. La espada de san Pablo ocupa el centro del lienzo, mientras que las llaves de san Pedro descansan sobre una superficie de piedra, junto a un libro abierto que representa las epístolas paulinas. La iconografía tradicional se respeta con rigor: Pablo viste manto rojo oscuro y túnica verde, Pedro manto amarillo ocre. Pero lo verdaderamente notable es la estructura compositiva: los dos cuerpos forman una gran X en el espacio, un esquema reforzado por el juego cruzado de las miradas, con Pedro fijo en su compañero y Pablo vuelto, casi por sorpresa, hacia el espectador. ¿Nos invita a participar en la discusión, o simplemente nos sorprende observando? Esa ambigüedad es parte del genio de Ribera.

En el centro exacto del cruce de líneas, un gran rollo de pergamino sostenido por ambas manos actúa como bisagra visual de toda la escena. La superficie de piedra en primer plano, con un delicado fragmento de bodegón, aporta profundidad y casi invade el espacio del espectador, mientras que en el extremo opuesto el brazo de san Pablo, hacia atrás, empuñando la espada, marca el límite de la composición. Los tipos humanos -el Pedro calvo y envejecido, el Pablo joven, barbado y de porte noble- reaparecen constantemente en las obras juveniles del pintor, y el modo de resolver las manos, descritas por la crítica como «modeladas con rigor escultórico», es idéntico al que Ribera empleó en la célebre serie de los Cinco Sentidos de esos mismos años.

La historia material de la obra es tan interesante como la propia pintura. El lienzo, firmado por el valenciano, está documentado en El Escorial desde al menos 1681, donde permaneció durante más de un siglo formando parte de la extraordinaria colección real española. Sin embargo, el original desapareció de allí durante la Guerra de la Independencia, un periodo turbulento en el que numerosas obras maestras salieron de España, muchas de ellas de forma irregular, en manos de tropas francesas o de coleccionistas oportunistas. De aquel original perdido -o trasladado- sobreviven hoy numerosas copias antiguas, testimonio de la fama que la composición alcanzó en su tiempo, mientras que la versión considerada autógrafa se conserva actualmente en el Musée des Beaux-Arts de Estrasburgo.

Curiosamente, la autoría del cuadro no siempre estuvo clara del todo. En 1938 un estudioso lo clasificó como obra de Gérard Douffet, pintor flamenco que había seguido de cerca el estilo de Ribera durante su etapa romana; más tarde otro investigador prefirió atribuirlo a Pietro Novelli, «il Monrealese», artista siciliano que trabajó en el entorno del maestro español y al que en el pasado también se llegó a asignar, erróneamente, la serie completa de los Cinco Sentidos. Estas idas y venidas atributivas no son un simple capricho académico: reflejan hasta qué punto el lenguaje pictórico de Ribera fue estudiado, copiado y asimilado por toda una generación de pintores que trabajaron a su sombra, tanto en Roma como más tarde en Nápoles.

Hoy, con la autoría del valenciano firmemente restablecida, San Pedro y san Pablo se aprecia como un ejemplo temprano y ya plenamente maduro de su capacidad para convertir un tema doctrinal -la concordia entre los dos príncipes de los apóstoles- en un drama humano de gestos precisos y miradas cruzadas, sin perder nunca esa densidad táctil, casi escultórica, que define toda su producción.

Vale la pena detenerse, además, en lo que este tipo de encargo revela sobre el mercado del arte religioso en la Roma de principios del siglo XVII. Los pares de apóstoles discutiendo, los santos en animada conversación, eran un género muy solicitado por coleccionistas privados y por instituciones eclesiásticas que buscaban imágenes devocionales de formato manejable, pensadas para el estudio o la capilla privada más que para el gran altar público. Ribera, todavía joven y necesitado de labrarse una reputación en un ambiente artístico saturado de talento, encontró en este tipo de encargos un terreno perfecto para demostrar su dominio de la composición, del color simbólico y, sobre todo, de esa capacidad casi teatral para convertir a dos figuras estáticas en el centro vivo de una discusión que parece continuar más allá del propio lienzo.