El Greco - Retrato del cardenal Tavera
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Año 1609-1614
Óleo sobre lienzo, 103 x 83 cm Toledo, Hospital de Tavera
Movimiento artístico: Manierismo
Juan Pardo de Tavera, nacido en 1472 y muerto en 1545, fue una de las figuras más poderosas de la España de Carlos V, arzobispo de varias sedes, entre ellas Toledo entre 1534 y 1545, presidente de la Real Cancillería de Valladolid y del Consejo Real, además de inquisidor general del reino. En 1541 fundó el hospital de San Juan Bautista de Toledo, conocido popularmente como Hospital de Tavera en su honor, levantado extramuros de la ciudad. El encargo de este retrato procedió de Pedro Salazar de Mendoza, administrador de la institución, y se realizó entre 1609 y 1614, exactamente los mismos años en que El Greco trabajaba también en el retablo de la iglesia del propio hospital, dedicado a san Juan Bautista y que quedaría inconcluso a la muerte del pintor.
¿Cómo pudo El Greco retratar con tanta fidelidad a un hombre fallecido más de sesenta años antes de que naciera el propio pintor? La respuesta es tan singular como fascinante. El Greco pintó al cardenal póstumamente, sirviéndose para ello de una máscara mortuoria de cera realizada por el escultor Alonso Berruguete, que había modelado también el sepulcro del cardenal y que se conservaba, junto con esa máscara, en el propio hospital. Berruguete había elaborado además un retrato en mármol del difunto, de modo que El Greco disponía de varias fuentes visuales fiables para reconstruir con precisión unos rasgos que jamás había podido observar en vida.
El retrato se ajusta a la tipología habitual de los personajes eclesiásticos en la obra de El Greco, austero, con la figura recortada contra un fondo oscuro y vista de tres cuartos. Lo que sorprende, sin embargo, es la palidez casi cadavérica del rostro enjuto y huesudo del cardenal, un detalle deliberado que remite abiertamente al carácter funerario de toda la obra. Ese tipo de retrato póstumo con marcada palidez tenía precedentes ilustres en el Renacimiento italiano, como el célebre retrato de Battista Sforza pintado por Piero della Francesca como pareja del de su esposo Federico de Montefeltro, hoy ambos en los Uffizi, donde la acentuada palidez del rostro femenino aludía igualmente a la muerte reciente de la retratada.
El rostro ceniciento de Tavera contrasta con extraordinaria intensidad frente al rojo brillante de la muceta y el birrete cardenalicios, un recurso cromático que subraya visualmente la dignidad eclesiástica del personaje incluso en su condición póstuma. El religioso aparece con una mano apoyada sobre un breviario cerrado, colocado sobre una mesa cubierta de terciopelo verde, en una composición de gran sobriedad formal que concentra toda su fuerza expresiva en el contraste entre la palidez mortal del rostro y la vitalidad cromática del atuendo cardenalicio.
El propio lienzo sufrió graves daños durante la Guerra Civil española, cuando el hospital permaneció en uso hasta verse afectado por el conflicto y posteriormente cerrado, resultando el cuadro acuchillado y dañado, con la pérdida de la firma original del pintor, trazada en caracteres griegos minúsculos en la parte inferior del lienzo. La obra fue finalmente restaurada en 1940, recuperando así, aunque sin su firma original, uno de los retratos más singulares de toda la producción de El Greco, un ejercicio excepcional de reconstrucción visual de un rostro nunca visto en vida por el propio artista.
Este tipo de encargo póstumo planteaba a cualquier pintor un desafío muy distinto del retrato convencional, no se trataba de captar la psicología viva de un modelo presente sino de reconstruir, a partir de fuentes materiales frías como una máscara mortuoria o una escultura en mármol, la dignidad y la autoridad que un personaje histórico debía proyectar para la posteridad. El Greco resuelve ese reto sin renunciar a su propio lenguaje pictórico característico, la palidez del rostro no resulta un simple ejercicio de copia fiel de la máscara sino una elección expresiva deliberada, coherente con la intensidad casi visionaria que domina toda su producción religiosa tardía.
Que el hospital fundado por el propio Tavera encargara, más de sesenta años después de su muerte, un retrato tan cuidado de su fundador demuestra además la persistencia de la memoria institucional en las grandes fundaciones benéficas del Siglo de Oro español, instituciones que entendían la representación visual de sus benefactores como parte esencial de su propia identidad corporativa y de su gratitud perpetua hacia quienes las habían hecho posibles.